El día que nací en serio

El día que Iván nació permaneció sereno durante muchas horas. Lo recuerdo en una cuna muy bien iluminada, a escasa distancia de mi cama. La habitación estaba llena de gente, unos entraban y salían, otros lloraban y se abrazaban y nosotros, mi hijo y yo, nos limitábamos a lucir pasivamente varios manojos de tubos y cables que nos colgaban de los brazos y de la nariz. Iván permanecía en su cuna rodeado del aura de armonía más bella que yo hubiese visto nunca. Hacía tan sólo unos minutos que dormía al abrigo de mis vísceras, con el latido de nuestros dos corazones como única compañía y de pronto se vio literalmente arrancado de mi barriga, rodeado de un grupo de enfermeras que lo movían de forma alarmada, de una camilla a la otra, comprobando sus reflejos, su peso, su respiración, para por fin situarlo en una cuna iluminada con aquel foco implacable. Y a pesar de todo Iván permaneció tranquilo, parecía un anciano acostumbrado a las cosas, un experto de vivir, de la luz, de los ruidos, del frío. Iván no lloraba, sólo estaba en un estado de quietud en el que no añoraba nada. Yo en cambio agredía el tiempo. Me habían sedado contra mi voluntad y luchaba con el sueño y las expectativas de los demás. No deseaba tomar a mi hijo en brazos o al menos no tenía prisas por hacerlo. Tenía miedo, pero no era un miedo normal, no era ese miedo de querer salir corriendo, ni el de taparte la cabeza con el edredón. Tampoco era un miedo de rezar, ni un miedo de desear que te trague la tierra o de querer morir. Era un miedo distinto, era la conciencia nueva de estar atada a la vida hasta el final de mis días sin tener la menor idea de qué era precisamente vivir. Era el saber de golpe que nunca podría hacer las cosas tan bien como Iván merecía, darme cuenta de que nunca podría estar a la altura de esa paz de la que Iván disfrutaba. Qué graciosos/as son los/as médicos/as cuando hablan de la depresión postparto.

El cuerpo de la mujer, otro espacio masculino

De buenas tardes y buenos días, de sonrisa cordial y cotilleo a tiempo, de furia doméstica, hipócrita, embustero, chaquetero y prototipo de vecino común. En el ascensor me asfixia su colonia, en el portal me revientan sus sonrisas y a cualquier hora no me bastan los algodones en los oídos para dejar de escuchar sus amenazas a través de las paredes, claras, rotundas, sin rodeos ni posibles interpretaciones: un día te voy a matar. Yo tengo muchas ganas de enfrentarme con uno de esos en algún sitio que no sean las escaleras de mi casa o la puerta del supermercado, para poder estar en posición de igualdad. Ayer mismo me encontré cubriéndome el escote porque un birria de esos se empeñaba en saludarme sin mirarme a los ojos (qué tal la familia, bla, bla, bla…). Y yo ahí, dale que te pego, más pesada que él: cabrón, si me quieres mirar las tetas lo vas a tener que hacer con descaro porque valentía ya sé que no tienes. Y de pronto, mi cuerpo, el mismo que he enseñado por exigencias del guión sin que me supusiese ningún drama, el mismo al que doy baños de sol en la playa sin ridículos triángulos que me molesten al nadar, ese mismo, de pronto, deja de ser mío y me obligan a compartirlo. Que yo lo conozco, y ese, como la mayoría de los maltratadores y acosadores, más que salido es cotilla. He ahí el complejo, la falta de verdadera hombría. Las mujeres, señores, nos lo contamos todo, y de ese que me miraba de arriba abajo sé yo que toma Viagra y ni con esas, por eso insulta y amenaza, dame la pistola que la voy a limpiar, y la otra tonta acojonada ¿La pistola? ¿A mí me vas a venir con esas y ni si quiera eres capaz de mirar a una mujer de frente? Conmigo podías dar…
Sólo nosotras podremos acabar con esta situación, no sirve de nada el sentimiento paternalista que ve a la mujer como un ser indefenso que necesita ayuda y protección. Por cada maltratador hay una mujer que se deja maltratar, una señora que esconde los moretones, que sonríe en el ascensor, que oculta, que hace recaer en los hijos toda la mierda que no se atreve a combatir.

Torrot, torrot

Cada mañana está hecha de una lista de cosas difíciles que hay que hacer. También de sueños. Yo tenía una Torrot roja. Era una pequeña bicicleta para mí pequeña. Me gustaba pedalearla mientras le leía la marca del derecho y del revés, torrot-torrot, y siempre sonaba igual y cada vez era fascinante descubrirlo. Como el anorak azul reversible, como la dinamo de la luz de la Torrot, que se enciende sólo mientras pedaleo, la palabra rodaba en una dirección u otra si yo la pedaleaba en mi mente, torrot-torrot, torrot-torrot, torrot-torrot…

Cada mañana está hecha de cosas difíciles. A veces pienso que no voy a ser capaz de realizar ninguna. Esas mañanas tengo miedo de la lista de cosas y de las ventanas. Esos son los días en los que me da miedo dejar de dar vueltas en mi Torrot. Porque una bicicleta tiene sólo dos ruedas. No siempre fue así, antes había cuatro, pero un día mi padre me dijo Alicia, le vamos a quitar las ruedas pequeñitas, no te preocupes que yo te agarro, y así aprendí a ir sola sobre dos ruedas que dejaban de moverse cuando yo dejaba de pedalear y de pensar torrot-torrot. Cuando me paraba se caía, a derecha o a izquierda, torrot-torrot. Ahora es igual por las mañanas, la lista de cosas se cae hacia los lados, pierde el equilibrio con gran facilidad y sólo la acción la mantiene en pie. Antes, cuando pensaba que la lista de cosas era demasiado difícil para mis piernas, cerraba los ojos, respiraba hondo y hacía una cosa fácil, como cambiarme de país o casarme con alguien que no conocía. Así la lista de cosas difíciles no tenía más remedio que esperar, creo que lo que yo quería era que desapareciera, pero nunca se dio el caso, jamás se cansaba de esperarme y al final siempre había un día en el que me levantaba con miedo a ir a la tienda de la esquina a hacer una fotocopia y cosas así, de esas difíciles, ya sabéis a cuales me refiero.

Las mañanas están hechas de una lista de cosas difíciles y de hacerlas.

¿Nos alteramos que ya va tocando?

No somos turistas transparentes, ni votantes en blanco, ni viejas/os sentadas/os al fresco observando la juventud pasar, ni inofensivas moscas. No somos nada de eso porque, en el mejor de los casos, según dicen, las mariposas crean un efecto arrasador con sólo un aleteo y, en el peor, nuestra visita a una ciudad exótica, llena de niños comidos por moscas inofensivas, está arropada por un hotel de camareras a 180 € al mes, 12 horas al día, sin descansar el domingo. Las/os viejas/as, nunca observan pasivamente, sino que analizan, intentan comprender y, finalmente, critican. No nos vamos a engañar, aquí nadie pasa por el mundo sin tomar partida. Los nihilistas miran hacia arriba y silban y después hacia abajo y ríen. Más tarde, junto a la almohada, también ellos se cagan de miedo, y quién sabe, puede que con más fuerza y concentración que los mortales. La cuestión es que la vehemencia es quizás ridícula, pero al menos es un intento.

El deporte, otro espacio masculino

¿Sabíais que la selección masculina española de fútbol ha ganado el mundial? Ah, que ya os lo habían dicho… claro, qué cosas, si se ha enterado todo el mundo, incluso a los que dicho deporte nos importa un pimiento. Es absolutamente imposible huir del beso de Casillas, del gol del último minuto, del pulpo de las narices, de las primas millonarias, del autobús paseando a los héroes por las calles de Madrid, del color rojo, de las banderas rescatadas y de su nuevo significado patriótico, de orgullo nacional y de, por qué no decirlo, frivolidad. Opio pal pueblo. Si la cosa encima coincide con la polémica del Estatuto de Cataluña tenemos a un Zapatero loco de contento de ver que nadie habla de nuestros viejos/as y de sus pensiones congeladas, de la política neocolonialista que anda haciendo (precisamente en África, concretamente en el Magreb), de las irrefrenable ola de violencia doméstica que sigue costando la vida a mujeres de todas las nacionalidades, culturas y clases sociales. Opio pal pueblo, fútbol, mucho fútbol. Pues muy bien, hablemos de fútbol y de deporte, así, por hacer de este blog, un blog a la moda.

Que la posición de las mujeres en el deporte es siempre la posición de la segundona no es nuevo. Tradicionalmente, en la mayoría de los países (a excepción de los de la Unión Soviética, en una era hoy lejana), el presupuesto empleado tanto por instituciones públicas como privadas para el fomento del deporte masculino es infinitamente superior al dedicado al femenino. En cualquier caso la discriminación no es sólo monetaria. La sociedad celebra, vitorea y aclama a los deportistas masculinos de una manera continua, cotidiana, exasperada (e incluso a veces histérica) mientras que las deportistas, con sus medallas y sus records, quedan siempre olvidadas en la oscura caverna del anonimato. Sigamos penetrando en la cuestión. No se trata tampoco sólo de reconocimiento a la ganadora, sino que además existe una discriminación al deporte femenino en general, es decir, a aquellos en los que las mujeres destacamos por nuestras características físicas con respecto a los hombres, los deportes en los que elasticidad es la palabra clave. Estas disciplinas no suelen ser televisadas salvo en periodo olímpico, y las deportistas, aun habiendo realizado carreras brillantes, sufren importantes problemas económicos en su etapa post profesional, ya que no existen primas millonarias como las del fútbol o el baloncesto y a veces ni si quiera sueldos decentes.

¿Sabíais que la máxima goleadora del mundo es una mujer? Se llama Mia Hamm, es estadounidense y su record supera al masculino. Otro caso parecido es el de la mexicana Maribel Dominguez, que cansada de ver como sus compañeros gozaban de más prestigio y mejores primas que ella (a pesar de que sus resultados eran superiores), solicitó jugar en la liga masculina, petición que, obviamente, le fue denegada. Y es que no basta con renunciar a nosotras mismas porque ni si quiera cuando una mujer se cansa de ver que ciertos reconocimientos son sólo masculinos y decide entonces pagar el duro precio de dejar de ser mujer y convertirse en hombre, ni siquiera entonces la cosa se hace más sencilla.

Cuestión de pelotas

Selección española femenina de fútbol.

La ciudad está ruidosa y petarda a pesar de rondar la media noche. Iván, milagrosamente, resiste dormido. Una vez más me asomo a la ventana a observar al mundo celebrando algo que no comprendo. Intento descifrar el código que tan inmediato aparenta ser para la mayoría y quisiera sentir la empatía que haría de mi vida algo más sencillo y seguramente mucho más feliz, pero simplemente la cuestión me parece hueca. Que nadie me pida por favor que me relaje porque yo de relax ando bien, en serio, lo he dicho muchas veces, me sé poner bizca cuando es menester. Mi enhorabuena, que no quede, vamos, faltaba más, pero, en serio ¿Nadie lo va a decir? En todas estas semanas ¿Quién pensó en Sudáfrica?

Hemos ganado el campeonato mundial del que probablemente sea el deporte más machista del mundo. He aquí un enlace a la triste y olvidada selección española femenina de fútbol. Os dejo también un vídeo, así, por reflexionar sobre lo que sería el deporte femenino con las mismas inversiones que el masculino. Vamos a pensar en ello aunque sólo sea un poquito, pero sin pasarnos que esta noche es para salir con la cara pintada, cual indio siux, a dar saltos a la plaza del ayuntamiento.

Y qué tristeza me entra a mí con estas cosas. Qué poco me gusta este mundo tal y como es. Y qué miedo me da a veces decir lo que siento pero, de verdad ¿Dónde van a parar las primas de los señores estos de pantalón corto? ¿A los fondos de las tambaleantes pensiones de los/as españolitos/as de a pie? ¿Por eso están todos/as tan contentos/as y tiran tantos cohetes? ¿Por qué nadie sale a protestar por los atracos a mano armada del gobierno y se movilizan de forma tan espontánea, rápida y natural por el deporte?

Por otro lado, perdonad que sea tan monotemática, no quiero insistir, pero es que en África hay tela, pero tela de hambre.

Ser o no ser, o serlo poco o serlo mucho

Mi hijo aún no es español y, según nos han dicho, no va a serlo hasta dentro de unos cuantos añitos ya que los juzgados en Madrid están colapsados y los trámites se van a demorar mucho. Así que ahí que va mi gringuito, a su cole de Triana, con su casco de la bici amarillo, su cartera del gusano verde y su amigo del alma, Alberto. No le veo yo la vena americana por ningún lado pero parce ser que, hipotéticamente, algún día podría presentarse para el cargo que hoy ocupa Obama. Quién lo diría, tan pequeño y con un pasaporte tan pesado. Así que en el ambulatorio nos dijeron que no puede tener la cartilla de la Seguridad Social porque no es español. Mi hijo tiene plenos derechos, dijo David. Sí, sí, caballero, respondió la señora de la administración del centro de salud, no se preocupe porque en este país los extranjeros tienen incluso más derechos que los propios españoles. Y su tono no era el de una humanista que respira aliviada al ver que cualquier menor del mundo puede venir a España a curarse de lo que sea, su tono era el de harta estoy de esta gentuza que viene de fuera a colapsar las urgencias.

Después de doce años de emigrante, después de tres continentes, después de los paseos por el Downtown de Seattle y de sus mendigos muriéndose de neumonía porque no tienen para pagar unos simples antibióticos, después de Marrakech y los niños con la polio acuestas de por vida, después de los médicos italianos y sus yates y sus mafias, después de las alegrías y las penas de este viaje de más de una década que acabó con mi inocencia, creo poder afirmar, sin que nadie me pueda contradecir, la siguiente máxima: la estupidez humana no tiene límites y el miedo es su mejor aliado.

Ya siempre seré extranjera, vaya donde vaya, y me alegro tanto, pero tanto, tanto de serlo… y me pintaría la cara de verde y me forraría de azul el pasaporte si eso me hiciera diferente de gente como la administrativa de urgencias o la señora que hoy me escribe este e-mail (copio y pego evitando nombres): “Gracias Alicia, (…) De momento, los cursos los imparten maestros internacionales (…). No obstante, nos quedamos con tu información (bla, bla, bla…)”.

1. Lee la palabra internacional: In-ter-na-cio-nal.
2. Cópiala en tu cuaderno y subráyala: Internacional.
3. Coméntala con tu compañero:
-Yo: David, no me hacen la entrevista de trabajo porque no soy lo suficientemente internacional ¿Tú qué opinas?.
-David: Yo creo (se cabrea mucho)… deberías hacerles… deberías decirles… no, espera, mejor llamo yo…
4. Después de reflexionar escribe una frase utilizando dicho término: Frase: “Las personas nunca somos internacionales en la manera justa, o nos pasamos o no llegamos”.

Ute Lemper y la papiroflexia vital

Hace cosa así de doce años (…y cómo el tiempo nos planta cara, descarado y cabrón), cuando yo aún estudiaba canto en Italia, el amigo de un más que amigo me hizo llegar un CD con la contraseña creo que te va a gustar.

La vida debe ser algo así como una hoja de papel que vamos doblando. A cada amigo un pliegue, a cada amor otro, a cada muerte, a cada nacimiento, a cada música doblamos una vez más la hoja que, con el paso del tiempo, cada vez está más prieta, más pequeña y más intensa. Si alguna vez desplegamos esa hoja, en el intento de volver a ser lo que fuimos – jóvenes inmortales sin miedos y sin pasado – nos daremos cuenta de que está atravesada por las señales de los pliegues que dejaron sus huellas en nosotros como si de las líneas de las manos se tratase. A cada canción un pliegue, a cada voz, a cada caricia, a cada mentira, a cada decepción, a cada reconstrucción. Y cuántas veces me reconstruí en el pasado, me pregunté anoche al escuchar a Ute que surgía como una aparición ante mis ojos, después de doce años de huirme sin saberlo por los teatros del mundo. Desde aquella tarde en el salón de mi apartamento frente al Adriático, escuchando atónita el CD que alguien creyó que me iba a gustar, hasta la noche de anoche, abrazada a David, contemplando a la dueña de la voz que más ha influido en mí. Y tenía rostro y pies y cara y no eran los de las portadas de los discos. Eran unos pies reales. Me recordé escuchándola pero hoy ya no me reconocía.

Después de aquella tarde en la que descubrí a Ute y en la que mi vida profesional dio un giro de 180º no hice más que copiarla, copiarla y copiarla y que por favor nadie lo llame inspiración que me da mucho coraje. Sólo copiando se aprende, la inspiración nada tiene que ver con esta historia. El caso es que yo la copiaba y la perseguía pero si yo llegaba a Seattle en septiembre, ella había cantado en agosto, si venía a visitar a mis padres en Navidad, ella cantaba en Sevilla en primavera, si yo estaba de gira por Holanda, ella también pero justo en las ciudades que yo no visitaba… y así durante 12 años de desencuentros que terminaron ayer.

Hay varios pliegues musicales en la hoja de mi vida pero sin duda el más intenso se realizó una tarde de invierno en un apartamento de estudiantes de Pesaro, ante un estéreo barato. Ayer volví a doblar mi hoja, extasiada, dolorosa e intensamente.