Hitler, San Fermín y su ejército de machirulos

A ver si nos relajamos con un poquito de humor…

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Desde la serenidad


Nunca fui serena. Siempre fui una loca, histérica, extremista y todas esas cosas, ya sabéis. Nunca me molestó serlo, pero la vida te modifica y yo hoy siento un cambio. Ha pasado ya más de un año desde que se estrenó El Cazador Cazado y, en este intenso periodo  de activismo feminista, mi vida, mis circunstancias y mi persona han sufrido cambios brutales. Este post va a ser largo, lo aviso, porque necesito soltar algunas cosas importantes y porque estoy menstruando y no tengo ninguna prisa. Va a ser un post largo y desordenado. Es lo que hay.
No ha sido un año fácil, como digo, al contrario, he debido enfrentarme a cosas muy fuertes y me he sentido a veces estúpida por la inocencia con la que me expuse de forma completamente gratuita a agresiones y malos rollos. Pero a cambio he aprendido mucho.
No quiero vivir enfadada, esa es una de las conclusiones más importantes a las que he llegado y también a la de que es posible vivir feliz y llevar adelante un activismo agresivo y que erosione los vicios más corruptos de la sociedad.
En este último año y pico he aprendido a enfrentarme al agresor, a anularlo y a seguir luego mi paseo tranquila, dejando atrás lo ocurrido. Hace tan solo unos meses me temblaba la mano al grabar con mi móvil o volvía a casa llorando, llena de indignación. Pero el tiempo pasa y la técnica mental de autodefensa se va perfeccionado, en parte mucho gracias a los talleres y al contacto con otras mujeres, estupendas, valientes, sabias, a las que tanto debo, de las que tanto aprendo día a día. Mis cazadoras…
Otro dolor grande al que tuve que hacer frente fue al de la mitificación a la que a menudo las personas más activas y conocidas en la red nos enfrentamos por parte de las propias compañeras. Lo he llevado mal, muy mal. No me gusta que me carguen de expectativas ajenas a cambio de reconocimiento social, de apoyar al “mito feminista”. No me interesa ser líder ni gurú de nadie porque es un juego demasiado parecido al fascismo. La lideresa sierva, te ensalzo y te venero pero a cambio tú obedeces al movimiento, dejas de pensar por ti misma y lanzas consignas siempre políticamente correctas porque de lo que se trata en el fondo no es de que luchemos contra un sistema corrupto, sino de que creemos un rebaño en el que nos sintamos protegidas todas las ovejas negras que esta sociedad repudia. Pero ese no es el feminismo que me interesa y me cago en toda la fama y prestigio social con la que la gente pretende a veces sobornarme. Porque al final es solo eso, todo esto no es más que un soborno en el que no estoy dispuesta a caer. La razón es bien simple, como he dicho antes pretendo ser feliz, es mi objetivo principal, y no sé cómo podría llegar a serlo sin la diversión que me proporciona ir por ahí diciendo lo que me sale del coño.
El miedo. He visto miedo en donde menos pensé que lo vería pero también he conocido a mujeres tan llenas de valor que la palabra admiración tiene hoy un color diferente. Yo, que creé el hastag #somosmanada (y del que estoy tan orgullosa) reivindico hoy el de #soylobaesteparia. Porque ambas cosas son necesarias.
Hay ojos llenos de vida, los he visto. Este domingo, sin ir más lejos, en el taller de Sanlúcar. Hay miradas que conmocionan, por la pelea interna que hacen adivinar, por la honestidad consigo mismas. Con eso me quiero quedar, porque este va a ser el año del buen rollo.

Rapada


Raparse es volverte vulnerable, disfrazarte de roja, de puta, de mujer que abortó o ayudó a abortar, de bruja. Es asumir eso que fue castigo hasta hace solo unas décadas como arma revolucionaria. Es quedarme sin mi identidad andaluza ¿Dónde me coloco la peineta?¿Cómo me saco ahora los caracolillos?¿Cómo subo al escenario a cantar Yo soy esa si no me puedo hacer moño? Es que le dé algo a tu madre y a tu jefe. Que tu jefe disimule, que tu madre te diga cosas de cómo maquillarte, todo por el susto, que jamás mi madre y yo hablamos de cosas de esas. Hoy sí, hoy que estoy pelona me habla de sombras y eye liner. Raparse es coger la maquinilla y no pensar, es actuar, es dejar de importante si vas a gustar, es relajarte ante la posibilidad de  ir un mes con pinta absurda. Es liberador, aterra, expone.
Si tienes coño, claro, si una polla cuelga de tu entrepierna entonces raparse no es más que ponerse fresquito para el verano. Por eso es maravilloso ser mujer, porque cualquier pequeño gesto es una revolución.

Cuidado con lxs farsantes

“[…]cuidado con lxs farsantes. Están por todas partes y pueden estar camufladxs de cualquier cosa. A algunxs se les ve el plumero a leguas, otrxs en cambio se dicen a sí mismos anarquistas, luchadorxs sociales, antisistema, activista… Cuidado con la gente que va de guay, son lxs que meten las puñaladas traperas más profundas.
No es que yo haya perdido toda mi fe en la Humanidad pero algunos palos me han enseñado a desoconfiar en quien se te pega como parásito para absorver de ti todo lo que necesita para llenar los huecos de sus carencias creativas y emocionales.”
“Así que cuidado con quienes se pegan vuestro culo con gran devoción. Posiblemente algunas de estas personas lo harán de corazón, pero la gran mayoría querrán managearte, chulearte o, sencillamente, chuparte la sangre.
Y otra cosita: que una persona tenga coño, sea (o diga ser) queer, anarquista, feminista, polisexual, putón o antisistema no garantiza su honradez en ninguno de los casos.”
Pornoterrorismo
Diana J. Torres
Estoy cansada  de las espectativas que la gente se forma de mí de esa manera que, en el fondo, es tan capitalista. Es entender el activismo creando mitos idealizados en quien apoyar la soledad y el vacío emocional. Es una ansia de perfección parecida a la de la compra de un móvil nuevo, porque el aparato debe ser perfecto, si no la vida cojea. Es el amor romántico hecho sororidad. O al revés, yo qué sé.
No leo el pensamiento de la gente ni tengo interés en hacerlo. Y aunque lo hiciera no me da la gana de ser políticamente correcta ni si quiera dentro de la manada. Si no lo fui fuera no voy a serlo dentro. Criticaré el feminismo y la izquierda porque amo ambas cosas y porque saberlas imperfectas no hacen que me tambalee en un terremoto ideológico. No existe la pureza de pensamiento, las cosas están todas contaminadas, manchadas, las cosas se mueven, la vida está viva y se construye. La construimos con pensamiento crítico. No estaremos a salvo de eso nunca, ninguna manada nos va a proteger de esta vivxs.
No soy un oráculo. No quiero que me mandéis mensajes formulando preguntas del tipo “¿Qué se hace en tal situación?” o “¿Qué se le dice a un hombre que te hace tal cosa?” ¿Es que os creéis que hay solo una respuesta? ¿qué falta de madurez es esa? ¿pretendéis hacerme responsables de las decisiones que tenéis que tomar solo vosotrxs? Comprometeos con vuestras propias vidas y no vengáis a que os lea el tarot porque ya me sé de qué va esto. Me siento utilizada y no me gusta que nadie se haga espectativas conmigo y, ni mucho menos, me exijan cumplirlas con un “me has decepcionado”. 
Tú, si tú , y tú también, y tú… ¿Te has parado a pensar que a lo mejor quien te decepciona cada día no soy yo? Al fin y al cabo, ni si quiera me conoces. A lo mejor eres tú mismx quien te sabes a poco al mirarte al espejo. En cualquier caso no me puede dar más igual. Déjame en paz.

¡No existen!


Inicio mi premenstruación y me he tomado un early grey bastante cargado. Éxtasis. Las ideas se me apelotonan en la cabeza y sé que todas irían a buen puerto si tuviese vida para poderlas llevar a cabo. Debo renunciar a alguna o al menos aparcarla para el futuro. No sé si sabrán esperar, si no, las habré perdido para siempre. Debo aceptar esas  muertes chiquitas, son semillas que se funden en cloacas, como el óvulo que hoy mi cuerpo empieza a despedir. Hijas que no tuve.
He escrito estas cosas en Facebook en las últimas horas. Cada una de ellas podría haber sido un post. Se me agolpan en la garganta y no quisiera tener que frenarlas, pero no me da la mañana ni vuestra paciencia para tanta línea:
“Mujeres heterosexuales, las inteligentes digo, las fuertes, las solitarias que ansiáis ESE sueño: no existe. Y mientras antes lo aceptéis antes empezaréis a bailar. Os etiquetaría a todas pero tengo un profundo respeto por vuestro dolor. Ánimo, queridas, hay más tiempo que vida”
“Que lo sepan todas: ¡NO EXISTEN!”
Quiero un teatro barato y necesario. Quiero sinceridad y aniquilacón del ego, desnudez, recursos mínimos y arrojo. Quiero subirme al escenario llevando conmigo a mi persona. Solo a mi persona. Nada más y nada menos”
“Somos las estafadas”
En mi barrio vivieron (aún resisten) un grupo de transexuales muy devotas de la Esperanza y de la Virgen del Rocío. Cuando era pequeña las veía pasar, cada año, en su carreta, vestidas con colores chillones, eufóricas, bellas, impresionantes, subversivas, desobedientes, indignantes. Cantaban y tocaban las castañuelas, las flores adornaban sus moños. Decían palabrotas y llevaban al cuello la imagen de una diosa a la que veneraban. Ver pasar la hermandad de Triana era mágico para mí porque las podía ver a ellas. Y porque sabía que en una de las carretas aparecerían las otras diosas: Paca Rico y Lola Flores. Las amaba. Las amaba a todas ellas. El patio del colegio se revolucionaba. Las maestras no lograban meternos en clase. Las niñas uniformadas bailábamos y cantábamos. Zapateos, vuelas, giros, las faldas de los uniformes volaban, las bragas al aire y ningún niño delante para burlarse de ello. La promesa incumplida de siempre: el año que viene me voy al Rocío con ellas, me voy andando detrás de la carreta de las maricas o de Lola. Tengo que ir con ellas, ese es mi lugar, tengo que estar con ellas.
Unos días después yo las esperaba en la calle Castilla. Las volvía a ver pasar ya demacradas. El maquillaje derretido por el calor y el polvo del camino, los vestidos arrugados, resacosas, decadentes, destruidas, vencedoras, vencidas. Muertas. Desde la acera, cogida de la mano de mi padre, las observaba sin comprender qué era esa tristeza que me invadía. Las niñas andaluzas no podíamos llorar porque la tristeza se nos negó.

Empodérate tú, si eres tan lista


 Oráculo de Delfos

No me gusta que me exijan, ya me exijo yo. No me gusta, me pone muy nerviosa ¿O es que tú te crees que a mí no me cuestan trabajo las cosas? No, ya, pero a ti se te pasa rápido, tú eres muy fuerte. Las putas hacen un trabajo como otro cualquiera, todo está en el tema del estigma, pero por lo demás es igual que cualquier otro trabajo. También prostituyes tu mente y tu cuerpo 8 h. diarias delante de un ordenador. Es lo mismo. Vamos a exigirles a las putas que se empoderen porque el estigma es una muestra de lo miserable y reprimida que está la gente con el tema del sexo y ellas en cambio no lo están. Ellas son mejores, pueden con todo. Ea, ya está, que las putas se empoderen, coño, con dignidad, Nerea, y si alguna sale vomitando de un coche donde acaba de practicar una felación es porque no está empoderada. Qué chunga la tía, uy, qué antigua. Que salgan a la calle y si alguna se tapa la cara en las manifas la criticamos por cobarde e incoherente con su discurso, desde nuestro cómodo sofá queer o de la igualdad. Alicia, empodérate, que tú no eres monógama, no flaquees que como estás tan convencida de que la fidelidad impuesta es una herencia judeo-cristiana, pues eso, que ya con teorizarlo podemos exigirte que no tengas celos si se folla a alguien por ahí porque entonces sería confuso lo que predicas. Las mujeres es lo que tenemos, que valemos más que ellos, tiramos para adelante con todo mientras nuestros hombres nos miran desde sus masculinidades obsoletas, cuestionadas, masculinidades en crisis, muy tiernos ellos, muy de llorar porque son hombres sensibles, mientras nos dicen: sí, estoy tan flojo, lucho tan poco y a la vez te admiro tanto que ni dura se me pone. Contigo. Con la universitaria del 5º me hago unas pajas espectaculares. Pero tú es que puedes con todo y por eso encima es culpa tuya todo esto, lo mal que lo estoy pasando y tal, el que no se me levante, en fin todo. Tú eres responsable porque para eso haces. Tú haces cosas todo el rato, yo no. Es que lo haces todo tan bien que me anulas. Y si no es culpa tuya por lo menos todo te cuesta menos que a mí. Todo, para ti es fácil. Pero sigue partiéndote los cuernos que me voy al bar a seguir ignorándote. Cómo somos las mujeres, las empoderadas más y las empoderadas y feministas todavía mejores. Las mejores. Perfectas. Perfectas. Perfectas. Las amigas nos admiran mucho y las desconocidas nos tratan como al oráculo de Delfos. El oráculo de Delfos era, simplemente, un pozo, unos vapores que dejaban a la peña narcotizada.

PD: De vez en cuando, preguntadme cómo estoy.

¿Por qué lloras, mamá?


¿Por qué lloras, mamá? Porque he tenido que dejar un proyecto de teatro que me gustaba mucho. Me abraza, me da un beso. Ya no lloras, mamá, que poco has llorado. Pasamos la tarde juntxs, como a nosotrxs nos gusta: Power Rangers y galletas con manteca de cacao y mermelada. Luego, en la calle, me toma de la mano y me la aprieta fuerte, fuerte, eres la mamá más valiente que conozco ¿Por qué lo dices? Pues porque dejas de hacer teatro para estar conmigo.

¿Qué va a ser de mí?

¿Cómo debemos comportarnos cuando nos damos cuenta de que el código con el que nos relacionábamos se ha quedado obsoleto? Las nuevas reglas no se improvisan, necesitan un proceso, un tiempo que quizás sea más largo que una sola vida. Por eso el ojo crítico nos hace asociales.

Ya no ligo en los bares. Hace muchos años que no lo hago porque no me gustan los códigos que se establecen. No me gusta que un/a señor/a se me acerque preguntándome algo que lxs dos sabemos que es mentira “¿Sabes dónde hay un cajero?”, “¿Conoces un bar por aquí donde pongan buena música?” O que entre a saco sin saber si tengo o no ganas de afrontar una situación incómoda “Me muero por pasar la noche contigo”. O que nunca sea un hombre más joven que yo quien venga a tentar la suerte. También me molestan los piropos de un/a desconocidx en cuanto los considero un juicio de valor “Eres la más guapa del bar”. Y además mi actitud impide el proceso: paso de tacones y minifalda porque me gusta ir cómoda para bailar y pasear de madrugada, miro con cara de cuerno a cualquiera que emplee conmigo algunas de las frases anteriores y después está el problema numérico: mido 1,75 y tengo 37. Soy difícil. Es más fácil ligar con las jóvenes, me decía un queridísimo amigo el otro día. Y yo a veces odio que lo fácil me parezca tan vulgar. Pero ni puedo ni quiero evitarlo, soy una chica difícil. Es difícil convivir conmigo, es difícil follar conmigo, es difícil ligar conmigo, trabajar conmigo, luchar conmigo. Soy muy difícil para mí misma, no me perdono la falta de honestidad y eso me lleva a decir cosas. Cosas, yo qué sé, cosas, no me hagas repetirlas ahora, cosas de esas incómodas. Tengo la manga más ancha con los demás que conmigo misma pero hay una persona a la que no le dejo pasar ni una. Una persona, qué más da quien, no me hagas decir su nombre ahora. Escribo todo esto por ella.

Qué gran imprudencia el pensar que podemos obviar los privilegios y actuar con la naturalidad con la que juegan los cachorros de una camada, limpios e incontaminados. Los seres humanos nacemos clasificados, que nadie juegue a otra cosa. La honestidad está en permanecer con respeto a un paso de distancia del/de la discriminadx, siempre, porque por más que queramos nunca seremos iguales y lo razonable es sentir, al menos, la incomodidad de la injusticia. Yo intentaba hacerlo en Marruecos, intentaba recordar siempre mi condición de blanca. Creo que me voy a hacer un tatuaje porque desde que llegué a España algunos días no lo pienso. Al Magreb, para que cada vez que me mire el antebrazo me acuerde de que soy blanca.

Pero… hace seis años perdí mi trabajo al quedarme embarazada. Trabajaba en un cabaret en Broadway, Seattle. En mi lugar contrataron a una veinteañera que no sabía cantar, ni bailar. No sabía ni si quiera andar sobre el escenario. No sabía hacer nada. Subía a las tablas vestida de Marilyn Monroe y se quitaba la ropa. Ya está. A menudo ocurrían cosas como que se le atrancaba la cremallera o se le doblaba el tobillo pero a los empresarios no parecía importarle esos detalles. La muchacha tenía un par de cosas que yo no poseía: un cuerpo no embarazado y la incapacidad de negociar su sueldo. Me llaman mujer empoderada porque en situaciones como esas hago cosas como las que hice: montar mi propio espectáculo, con mi propia compañía, en un teatro de la periferia y sobrevivir. Salí al escenario hasta que mi barriga me impidió moverme (cerré el chiringuito a menos de un mes del parto). Todo el mundo me dio la enhorabuena por el esfuerzo y ya. Pero en realidad una chica con tetas gordas y cerebro hueco disfrutaba de mi empleo sin merecerlo, esa fue la realidad, y no me gusta que la gente se olvide de eso cuando hablan de mí.

Está llegando el momento, se acercan los 40. Soy una mujer empoderada. Está llegando el momento, se acercan los 40. Soy una mujer empoderada. Está llegando el momento…

¿Qué va a ser de mí?