Lo que ella ve

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Le he traído un espejo para que se mire.

-¿Qué ves?

Su ceño fruncido, los ojazos negros disparando rayos de ira, la boca encogida…

-A mí triste.

-Pues desde fuera se te ve enfadada.

-No es lo que yo veo, yo veo tristeza.

Ivanadas: manzanas y tetas


Mamá, deja que te toque otra vez las tetas que las tienes muy blanditas. Tú eres la que te vas a morir primero porque eres las más vieja de la casa, después papá y después yo. Se queda callado un ratito. La muerte es para todxs, para mí también ¿Crees, mamá, que tendré una buena muerte?

Empieza los laberintos por el final.

¿Tango (el perro de su tía) es niño o niña? No sé, Iván, habrá que preguntárselo a él, a ver ¿Tú que eres, niño, niña o ninguna de las dos cosas? Yo depende del momento, mamá, cuando te quiero mucho soy niña porque te sale un rayo del corazón, que se va directo a mi corazón y después a mi “celebro” y así me siento niña.

Me acaba de entrar eso que me entra que me pasa una cosa grande en el pecho que no sé explicar y es porque te quiero mucho, mamá, siéntate a mi lado para comer.

¿Por qué las mujeres a veces estáis serias?

Me dice la tabla del dos, la del tres y la del cuatro. Le pongo sumas y restas y todo esto mientras se come el pisto. Problemas de huevos y gallinas, los va resolviendo todos, infalible, no se le resiste uno. Le pongo uno muy fácil porque ya se me acaba la imaginación. Mi “celebro” va más lento que el suyo en las cosas de los números. Así que le digo una chorrada: cuatro manzanas y dos niñxs. Pues… una ¿Cómo una? Piénsalo bien, Iván, tienes cuatro manzanas y hay dos niñxs ¡Una! Ya te lo he dicho. Joder, Iván, concéntrate, si es una tontería. Se empieza a cabrear: U-NA. A ver, piénsalo. Vamos a ver, mamá: hay cuatro manzanas, le doy dos a un niño, una al otro niño y U-NA para mí ¿O es que yo no tengo derecho? Me río mucho. Se ofende aún más.

Cuatro de esos


Sobre  la tierra: Cielo ¿te riño mucho, soy muy duro contigo? No… bueno, no sé… papá, yo que sé, es tú vida, lo tienes que decidir tú porque tú mandas en tu vida y yo en la mía.

Sobre el aire: ¡Dibuja algo en el aire y lo tengo que adivinar yo! Hago un círculo grande con mi dedo índice y muchas líneas saliendo de él ¡Es un sol, mamá, es un sol! Ahora yo. Hace un gesto con la mano que no interpreto de ninguna manera. Me quedo un rato pensando, le pido que me lo repita. Me rindo. Mamá, con lo fácil que era… ¡Una cadena de ADN! Qué despiste.  Sí.

Agua: ¿El agua flota?

Fuego: le cuenta una cosa a Yola y le asegura que pasó de verdad. Ella le dice que es una bonita historia, pero que no cree que sea cierta. Iván responde, siempre responde. Vamos a ver, esa historia ha salido de mi cabeza y está en mi cabeza ¿tú ves mi cabeza? mi cabeza existe ¿no? pues entonces la historia también.

Despertares


Voy a despertarlo por la mañana pero ya no duerme. Se ha escondido debajo del edredón y hacemos como que me da un susto aunque los dos sabemos que es mentira. Nos reímos ¿Me ayudas a vestirme? No, ya eres mayor, vístete tú solo. Pero al final lo ayudo. Mamá, te voy a decir una cosa pero no te pongas triste. Vale, dime. Yo hubiera preferido no existir ¿Por qué dices eso? Porque no me quiero morir, pienso que me voy a morir y eso me pone triste. Pero no sabemos qué hay después de la muerte, a lo mejor no hay nada y entonces es como si no hubieras existido o a lo mejor hay algo bonito, nadie lo sabe. No, mamá, sí hay gente que lo sabe, la abuela Herminia sí lo sabe. Cuando voy a la piscina y me da miedo nadar yo siento la fuerza de la abuela Herminia y ya  no me da más miedo. Yo no creo en dios, yo creo en la abuela Herminia y en los dinosaurios.

Iván, El Tortuga


Mami, tengo que decirte algo importante (se pone muy serio y hace un silencio), mamá… yo no tengo cerebro, dentro de mi cabeza hay pelo, mucho pelo. Las puntas se me salen y por eso el pelo no deja de crecerme. Lo sé, es impresionante. Otro día su cerebro no es de pelo, pero tampoco es de “carne rosa” como el del resto de la gente. Mi cerebro es de números, mami. Ponme cuentas, de las de llevarse, más cuentas mamá, ahora de las de dividir y ponme luego más. Y junto al desayuno le dejo dos o tres restas de esas de llevarse. Mi cerebro no es como el de los demás, no es de carne rosa. Bueno, un poco sí, hay un cachito de carne rosa, pero el resto de mi cabeza está llena de números. Hoy estoy mezclado, estoy triste y contento al mismo tiempo. Triste porque papá se va al cine y me quiero ir con él. Alegre no sé bien porqué. La mayor alegría es irse a Moraira en verano, porque tengo una piscina y puedo jugar con mi prima y hacer lo que yo quiera. Un hermanito es lo que más deseo en el mundo, eso y una furgoneta para jugar con él dentro. Ponme más cuentas ¿Sabes que los días no se van a acabar nunca, mamá? Cuando todos hayamos muerto, cuando ya no quede nada, seguirá habiendo días. Yo soy dueño de mi vida. Iván, deja ya de gritar, me estás volviendo loca, cállate ya, copón. Cállate tú, copona. Se ríe, mucho, mucho, por las cosquillas que le hace su padre, se ríe, se ríe, se ríe, con la corriente limpia y fría que es su risa, se ríe, se ríe, se ríe. De pronto para y llora. Lloro de felicidad, papá, porque te quiero mucho.
Soy el más lento, siempre termino las fichas el último ¿Antes de que yo naciera tú ya sabías que yo iba a ser el más lento de la clase? Tortuga ¿Cómo lo arreglamos?
A los naranjos ya les han salido las flores blancas. Ya huele todo a zumo de limón con canela.

¿Por qué lloras, mamá?


¿Por qué lloras, mamá? Porque he tenido que dejar un proyecto de teatro que me gustaba mucho. Me abraza, me da un beso. Ya no lloras, mamá, que poco has llorado. Pasamos la tarde juntxs, como a nosotrxs nos gusta: Power Rangers y galletas con manteca de cacao y mermelada. Luego, en la calle, me toma de la mano y me la aprieta fuerte, fuerte, eres la mamá más valiente que conozco ¿Por qué lo dices? Pues porque dejas de hacer teatro para estar conmigo.

Mi abuela fue una esclava de la Iglesia Católica

 Manos de mi abuela Herminia. Foto: Alicia Murillo

Un día se escapó de casa. Una noche, para ser más exactas. Unas horas antes del amanecer se deslizó de la cama sin hacer ruido y huyó de las palizas de su madre adoptiva, que era además su hermana biológica. Tragedias de esas de todas las familias, de todas las mujeres, de esas que de tan trágicas ya ni se nombran. Son tragedias menores, tragedias femeninas, nada que ver con las postguerras masculinas, tan importantes que dan nombre a las calles y a las plazas.


Su madre de verdad murió pariendo, ya si eso os cuento otro día esa otra tragedia. El caso es que mi abuela tenía 12 años de palos en las espaldas y le dijo a su noviete que la esperara en la esquina, que esa era la noche. El muchacho, que era bueno, la acompañó hasta la puerta del convento y allí se despidieron. Mi abuela cruzó la puerta y volvió a salir siete años después. Pasó su adolescencia recluida en ese internado para niñas, donde trabajó como bordadora de hilo blanco, a cambio de comida y techo. Nunca recibió una peseta por su trabajo y, a pesar de su minoría de edad, nadie le enseñó a leer ni a escribir. Le cambiaron el nombre y le prohibieron hacer cualquier referencia verbal a su vida anterior. Raras veces le permitían recibir visitas. Me contó que, una vez al año, todos los jueves santos se escogían a 12 niñas, a las que habían sido más obedientes, y se les permitía salir a la calle a ver procesiones de Semana Santa acompañadas por una monja. Por lo demás no había excepciones, la reclusión era total.

Había dos tipos de alumnas: las ricas y las pobres. La diferencia básicamente consistía en que las ricas pagaban por estar allí con dinero y las pobres con trabajo. Vestían uniformes diferentes y comían en mesas separadas.

Eran las propias niñas las que se ocupaban de la limpieza y mantenimiento de la escuela: fregaban, limpiaban, cocinaban, lavaban la ropa, planchaban etc. Además de eso cada una trabajaba en el taller que le hubiese sido asignado. El convento vendía costosos bordados en oro, bordados en hilo blanco y era además famoso su delicioso chocolate, elaborado por las inocentes manos de centenares de niñas que perdieron su infancia y adolescencia trabajando en una situación de esclavitud permitida y legalizada por el régimen franquista.

De pequeña ella me enseñaba a bordar y mientras yo la acribillaba a preguntas sobre su vida. Poco a poco, con el paso de los años, fui haciéndome de todo un catálogo de anécdotas impresionantes, como la de aquel día en que mi abuela se asomó al cristal de una ventana y se pasó la manita por la cabeza, para peinarse. Una monja la vio y mandó inmediatamente que la raparan, por vanidosa. Y así muchas más.

Aunque mi abuela entró en el convento por propia voluntad (para huir de una situación de maltrato infantil, recuerdo), pasado un tiempo quiso salir de allí pero le fue denegado el permiso. Es decir, mi abuela fue literalmente secuestrada y solamente se le volvió a permitir la salida a las 19 años, cuando murió su padre, para que siguiese su labor de esclava del patriarcado fuera del convento, haciéndose cargo de dos sus hermanillos menores.

Mi bisabuelo siempre se opuso a que mi abuela estuviese allí. Cuando ella se escapó de casa tardaron varios días en dar con su paradero. Siempre me contaba como su padre la abrazó, en la sala del convento donde se vieron tras encontrarla, susurrándole entre sollozos: hija mía, me has matado. En las historias de la vida de mi abuela siempre había cosas que yo no entendía, eran cosas de autoridades, de jerarquías, de costumbres. En mi mundo, nadie más que mi padre o mi madre podía decidir sobre donde estar escolarizada, por ejemplo. Solo con el paso de los años he entendido la desesperación de mi bisabuelo que vio como la institución religiosa más poderosa del país le arrebataba a su hija sin que él pudiese hacer nada.

Pero lo más triste de esta historia ha sido para mí la manera en la que mi abuela me lo contó. Ella nunca fue consciente su explotación, estaba agradecida con las monjas y cuando yo me enfadaba y le decía cosas como “¡Pero abuela, te dejaron analfabeta, te encerraron!” ella me contestaba “Pero al menos comía todos los días”. El trabajo de esas monjas fue redondo.

La educación hoy y el miedo a las palabras



Y llegó el buenrollismo didáctico, la “educación” como palabra comodín que todo lo puede, la mal entendida educación libre. Según escucho y leo se está generalizando la idea de que “educar” es la solución a todos los problemas de la humanidad. Eduquemos de forma libre, eduquemos a la sociedad, a lxs niñxs, a la audiencia televisiva, a lxs votantes, eduquemos a mi abuela. Eduquemos a los maltratadores, a los acosadores, a los asesinos en serie, a los violadores. Educar. Decimos “educar” y ya todo el mundo dice eso de “exacto, eso es lo que yo quería decir, ya estamos de acuerdo”. Lo odio, odio la corrupción de las palabras, odio que un término se vuelva políticamente correcto, que pierda lo subversivo de su origen. Todas las palabras son subversivas en potencia pero muy pocas lo son en la práctica hablada.

El proceso educativo no es algo que ocurra sin más. Se trata, en realidad, de un suceso maravilloso que parte siempre del centro de nuestras emociones, de las ganas. Si no hay ganas no hay proceso educativo que valga y, por favor, que nadie me venga a hablar del “motivar” la otra palabreja corrupta por el uso que se sirve en el mismo plato de fast food que “educar”, “libertad” y “creatividad”.

Las palabras y las expresiones son peligrosas si unas se usan y otras se rechazan por sistema. Ya no podemos decir “límites” cuando hablamos de educación. En la misma frase no puedes poner la palabra “educar” y “dureza”. No se puede porque no lo pone en el libro de la Montessori o de Kodaly. Si no lo pone en el libro no se dice. Pues, queridxs todxs, si pretendemos educar sin dureza y límites a las nuevas generaciones vamos mal.

Mi hijo nunca “me ha pillado” follando y eso es porque en mi casa nunca cerramos la puerta cuando se hace sexo, aunque en la cama, David y yo, tengamos invitadxs. No “me pilla” porque no me escondo. Ahora bien, soy consumidora de postporno y, creedme, censuraré una y mil veces a mi hijo los vídeos en los que salen cosas como un señor poniéndole un gancho en el ojo a otro en busca de placer, aunque los dos se estén corriendo de gusto ¿No queréis llamarlo “censura”?¿Os da miedo la palabreja? A mí no, ni me da miedo nombrarla ni me da miedo usarla de forma práctica: yo censuro lo que mi hijo ve, pongo límites a la realización de sus deseos y, cada día, intento que aprenda que la vida es dura y que debe “esforzarse”. Y ya van saliendo más palabras prohibidas en la educación del buenrollismo: “esfuerzo”, “dureza”. Soy muy dura con mi hijo y lo hago porque le exijo cada día que él lo sea conmigo, de hecho no me deja pasar ni una y hace muy bien porque yo a él tampoco. No hago realidad todos sus deseos, le pongo “límites”, no le compro todo lo que me pide, no le dedico todo el tiempo que me reclama, no soy suya, ni él es mío, por eso “limitamos” nuestra entrega.

Cada día me asaltan mil dudas acerca de cómo educar a Iván. No he vivido una experiencia más desconcertante que ésta en toda mi vida. Este artículo no pretende dar verdades absolutas porque no las tengo, pretendo solo decir eso precisamente, que nadie las tiene, ni la Montessori o cualquier otrx pedagogx siquiera.

Qué postmoderna soy, me acabo de dar cuenta de que estoy criticando la educación libre.

¿Final de las vacaciones?

La crianza siempre ha sido comunitaria en nuestro país, las mujeres cuidaban de lxs hijxs de otras mujeres, las abuelas vivían en la misma casa que lxs nietxs y colaboraban mucho más activamente en los cuidados, los años de infancia eran años de jugar horas y horas en la calle con libertad e independencia… pero ahora lxs niñxs no pueden salir solxs a la calle y ya nadie se ocupa de hijxs ajenos. La escuela ha suplantado la crianza comunitaria. Este cambio no es forzosamente algo malo, en muchas culturas la escuela ha sido y es el primer hogar, la primera institución social. El problema es que nuestro sistema educativo no acoge, sino que recoge, no educa, sino que adiestra, no responsabiliza, sino que culpa y cambia respeto por disciplina.

Durante estas Navidades, una vez más, he experimentado la dureza que representa tener a mi hijo en casa toda la jornada. Las tareas se solapan unas a otras. Si tengo que hacerle la cena y poner la lavadora no puedo jugar con él y mostrarle cariño. El martes empieza de nuevo el colegio, hace días que hace su tierna y cruel cuenta atrás, faltan cuatro días, mami, tres, dos…

“Llevar al colegio al lxs hijxs es entregárselos al Estado”, dice Bárbara. Y es verdad, porque nadie nos ayuda en la crianza, solo nos roban a lxs hijxs para amaestrarlos. Yo hoy estoy muerta de cansancio, por un lado deseando que acaben las vacaciones para poder descansar, y por otro con el alma en vilo por las horas de tedio y tristeza que aguardan a mi niño en su j-aula.