Pobres hombres barbudos


Recuerdo que cuando vivía en EEUU conocí a un chico afgano que me contó algo muy curioso. Tenía aproximadamente mi edad (algo más joven) de manera que la época más radical de los talibanes le pilló en plena adolescencia. Me dijo que durante esa época su sueño era salir del país, quería estudiar fuera, estaba harto de que no me dejasen afeitarme y de no poder llevar la ropa que a mí me gustaba, era casi un niño, un niño muy rebelde. Me quedé sorprendida ante tal afirmación, nunca me imaginé que las leyes talibanas fueran prohibicionistas también con la indumentaria masculina. Además este chico me contó que antes de llegar a EEUU las únicas mujeres a las que había visto sin burka eran a sus hermanas y a su madre de manera que imaginaros el shock que supusieron para él cosas tales como asistir a una fiesta universitaria, pedirle los apuntes a su compañera de pupitre o, simplemente, pasear por el campus. Tardó años en superar un bloqueo psicológico que iba mucho más allá de la timidez. De hecho más bien se trataba de una enorme represión sexual y social.

Lo que más me sorprende de esta historia es que nunca se escuche hablar de las represiones masculinas de los sistemas heteropatriarcales. Es como si se pensase que de quien hay que preocuparse es de las mujeres que son las que no saben decidir por sí mismas. No tengo noticias de ningún chico musulmán expulsado de su centro de estudios (universidad o instituto) por llevar barba a pesar de que es una costumbre tan extendida entre los musulmanes como el hijab.

Y es que ellos son machotes, saben lo que quieren.

La procesión infantil

La línea que separa lo cultural de lo religioso es fina y afilada. No me gusta que me vistan al niño de costalero y mucho menos sin mi permiso y menos si es dentro del horario escolar y menos aún en un centro de enseñanza pública. No me gusta, mire usted. Y otra vez mi vehemencia y el dar la nota y es que el mundo que yo tengo en la cabeza es tan diferente del que me encuentro todos los días después del desayuno que a veces no doy crédito. Pero, de verdad ¿Tan difícil es?¿Tan complicado resulta entender que el/la que tenemos delante es diferente a nosotras/as?¿Tanto chirría una piel de tonalidad oscura, unos ojos rasgados, un velo, un señor que ama a otro señor o una madres que, simplemente, no quiere ver a su hijo vestido de alguien que se tortura el cuerpo por fe? Dice la señora directora que mientras que ella esté al mando no entrará una niña con velo por la puerta del centro pero que cruces al cuello sí, todas las que queramos, y dice también que si interpongo una reclamación en Delegación por lo de la procesión ya se encarga ella de anular una por una todas las celebraciones, que si no se celebra la Semana Santa no se va a celebrar nada, ni carnaval, ni fin de curso, ni nada de nada.

Ya veremos. En principio me quedaron tres opciones: o el niño de costalero o el niño perdiendo un día de cole o el niño solito en la biblioteca mientras sus compañeros/as adoraban la caja de cartón. Menos mal que el Iván es mucho Iván. Llegado el momento y por su propia iniciativa (doy mi palabra de honor de que lo he dejado al margen de toda la polémica) le dijo a su profesora que él pasaba de procesión, que lo acompañara a dar un paseo y a leer un libro.

El fracaso escolar masculino ¿Las niñas al poder?

Ayer Silvia Nanclares hacía referencia a la frase de Cristina López Schlichting : “El feminismo es la causa del fracaso escolar masculino”. Meditando enlacé con mi reciente experiencia de maestra de prácticas en un colegio de mi barrio en Sevilla, en concreto sobre algo que pude observar en las aulas: las niñas son educadas en la sumisión, por eso tienen mejores resultados académicos. Es triste pero es así. En cualquier caso sería una necedad pensar que las mujeres somos biológicamente superiores a los hombres o viceversa, no van por ahí los tiros. Y para ilustrar el concepto me remonto aún más atrás, a mi experiencia como maestra en el orfanato D. T. de Marrakech. Casi todos/as los/as internados/as de ese centro provenían de familias humildes que no podían ocuparse de ellos/as. Me gustaría centrarme en el hecho de que en la mayoría de los casos las familias debían, literalmente, elegir a qué hijo o hija dejaban en el centro de acogida porque la mayoría de las veces se les concedían sólo una plaza. Pero ¿cómo se hace eso? Diremos desde occidente ¿Bajo qué criterio decides a cuál de tus hijos/as no arroparás cada noche, cuál pasará la fiebre sin poder agarrar tu mano? Y al mismo tiempo ¿Cómo decides quién de ellos/as, al entrar en el centro, tendrá un plato de comida asegurado cada día, todas sus vacunas y un par de zapatos casi dignos? La respuesta a este tipo de preguntas viene siempre del absurdo del pragmatismo: se abandona a los chicos porque las chicas dan menos problemas. Las niñas reciben una educación más centrada en la disciplina, la censura, la sumisión y, en general, la limitación de libertades por eso es menos complicado sacarlas adelante, incluso con pocos recursos y en barrios marginales. Y esto, que desde Europa nos parece una injusticia, viene sin embargo repetido en nuestra sociedad tal y como se repiten todas las actitudes machistas del tercer mundo: con mucha hipocresía. Metemos a nuestras niñas en las mismas aulas que los niños y atendiendo al mismo curriculum educativo pero las bombardeamos de mensajes subliminares que vienen de los cuentos de hada, de la televisión, del propio trato de los/as padres y madres, del disfraz de princesa en carnaval, de los modelos de belleza de las revistas. De nuestro ejemplo, en resumidas cuentas. Les decimos sois iguales pero no los/as tratamos de igual manera y así, desde pequeños, ellos aprenden a ser guerreros y ellas damas, ellos gamberrotes y ellas obedientes, ellos a correr y a mancharse y ellas a permanecer limpitas en el banco comiendo pipas, ellos a hacer deporte y ellas a estudiar, ellos activos y ellas pasivas, ellos libres y creativos y ellas asimiladoras sumisas de las reglas del juego. Y, también, claro, ellos malos estudiantes y ellas empollonas.