Tomar el relevo

Cuando me ponía enferma mi abuela se enfadaba conmigo, incluso siendo yo ya adulta. A mí me parecía que era una intromisión en mi vida y una forma de demostrarme un apego poco sano, un amor posesivo. Ahora no lo veo así. Han pasado los años y creo que mi abuela se enfadaba porque cuando no me autocuidaba estaba despreciando, de alguna manera, todo el mimo, la dedicación y el amor que ella puso antes en cuidarme. Es como si, al tomar el relevo en la tarea de cuidar mi cuerpo y al hacerlo mal, le estuviera diciendo que su labor como cuidadora no tenía ningún valor. Que todas las veces que me arropó, que cocinó mi cena, que me puso el calentador en el baño y me cubrió con la toalla calentita… que todo eso no era importante. Nunca cobró por cuidarme así que mi reconocimiento y la continuación de su labor eran piezas fundamentales para sentir que su trabajo tuvo sentido. Ahora lo entiendo, ahora que yo soy la que cuida lo entiendo. Lo siento abuela, llegué tarde a esto como a tantas muchas otras cosas que me intentabas hacer ver. Era muy inexperta. Lo siento de corazón.

La privacidad

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Fotografía de autor/a desconodo/a encontrada en  www.definición.de

La privacidad es un invento de las instituciones para justificar el miedo, la doble moral y la incoherencia. Solemos confundirla con intimidad o con soledad elegida pero no tienen nada que ver: se puede hablar de forma íntima delante de cientos de personas y, por otro lado, la soledad elegida es una de las formas más honestas que existen de enfrentarse a una misma. Lo privado, en cambio, es ese agujero donde guardamos nuestra violencia contra los demás, el lugar y el tiempo que empleamos para maquillar nuestra brutalidad, nuestras fobias, para disfrazarlas de hipocresía. No me gusta la gente que se ancla en lo privado para no avanzar. A mí la que me gusta es la gente que vive cada momento de su vida desde el rincón más íntimo de sí misma, inagotablemente y sin descanso, como una respiración pausada y constante, necesaria e imparable.

El Robo de Astarté

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¿Qué mejor manera de abrir el 2017? Aquí os dejo la portada de mi nueva novela. Dentro de muy poquito podréis adquirirla en esta misma web. Nervios, ganas, miedo, ilusión… y por favó, por favó, qué felicidad más grande también. Y satisfacción. Y agradecimiento a tanta gente que lo ha hecho posible. Qué mezcla de emociones. El Robo de Astarté está dedicada, con todo mi cariño y admiración, al feminismo religioso más radical y feminassi. Vamos que nos vamos…

Sin escollos

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Mi tía María me preguntó un día que qué era eso de “las mujeres maltratadas”, que lo había oído por la televisión y no se aclaraba. A veces me preguntaba cosas que no entendía o me pedía que le marcara un teléfono porque ella no se aclaraba ni con los números ni con las letras. A mi tío le dijo que si un día tenía cojones de levantarle la mano, antes de haberla bajado iba a estar rodando escaleras abajo.

Después de la menopausia no quiso más “pitraco”. Una vez mi tío insistió un poco más de la cuenta y ella se fue a la cocina, se untó las manos con guindillas y volvió a la cama en busca del pitraco de mi tío: “Cuando lo vi llorar me dio pena, la verdad”, me decía. Y después rompía en una carcajada escandalosa. Mi tío también se reía recordándolo: “Hijalagranputa qué bruta has sido siempre”, le decía medio molesto y se reían juntos otra vez. Y al rato se enfadaban de nuevo por algo y ella lo llamaba cagón y le decía que debió haberse casado con el rico ese del pueblo que la pretendió siendo mocita y que el problema fue que mi tío tenía las pestañas muy bonitas y el otro era muy feo y al rato se reían otra vez y ella se lo comía a besos. Y después él le ponía una mano en el regazo y ella se la rascaba para sustituir el flujo sanguíneo que el hielo del barranco donde mi tío trabajaba había roto. Las emociones fluían entre ellos como el caudal de un riachuelo, abriéndose paso entre los escollos, sin pausas, naturalmente.

Esa suerte tuve yo en mi infancia.

Sin diques

escanear0013Mi abuela lloraba todos los días. No era un llanto salvaje ni torrencial, como el mío, era más bien como una llovizna suave que se alternaba con sonrisas, bromas, recuerdos y trabajo. Las emociones fluían en ella con total libertad, sin diques. “No llores ¿otra vez estás llorando?” Le decíamos a veces, necias, las personas que le rondábamos la vida. “Yo soy así”, respondía y seguía llorando. Al rato contaba un chiste, hacía un guiño o preguntaba que qué queríamos de comer. Esa suerte tuve yo en la infancia.