Reflexiones matutinas sobre la elegancia, tras una noche de insomnio después de un problema laboral en la sala de fiestas donde trabajo

Es de verdad elegante. Elige sus vestidos con buen gusto, su peinado es sencillo pero chic, bien pensado y bien sentido. Se ven pocas mujeres así, soy hija de pintor, valoro y reconozco las cosas que han sido estudiadas con criterio antes de exponerse. Además siempre habla en un tono suave, con una sonrisa calma y sin gesticular por eso parece que tiene razón diga lo que diga. Pero no la tiene y lo peor es que ella cree que sí. Habla de su marido con mucha admiración y respeto. Además a veces parece que le resulta desagradable hablar de cosas tan vulgares como el dinero. Cuando me planto delante y le esputo las cuatro verdades que le tengo que soltar casi semanalmente sobre su respetable esposo, sobre el dinero que nos debe a toda la plantilla de artistas, sobre las condiciones de inseguridad en los camerinos (calefactor de gas, ausencia de extintores y salida de seguridad incluidos) y sobre la falta de contratos y de vergüenza no siempre puedo estar a su altura en cuanto a las formas se refiere. Mi dialéctica la acorrala, eso sí, incluso en francés, y es entonces cuando me dice eso de: Ah, no sé, eso no es de mi competencia, debes hablar con el responsable del asunto. También dice cosas como: La mujer de la limpieza duerme en los sillones del restaurante y trabaja sin contrato por 200 € al mes porque quiere, al fin y al cabo le estamos haciendo un favor, no necesitamos de sus servicios.

Pero ayer se alteró, cuando me negué a salir a cantar si no me pagaban lo que me debían. Le dije que se calmara, que me hablase con educación y ella respondió respirando (suspirando) que no debía preocuparme, que ella era una persona muy educada. Señora, le dije, brazos en jarra y con el regusto de trianera cañí saliéndome por los poros, jugar con el dinero de las familias de sus empleados no es una señal de mucha educación. Al fin y al cabo mi elegancia reside en otras cosas, yo soy más de boa de plumas, ella de traje de chaqueta blanco.

Esta mujer me despista porque cree en lo que dice. Mira a los ojos y defiende su postura con tanta clase y convencimiento que a veces me da pena estar viéndola desde la otra orilla. Me gustaría poder ser amiga suya, me gusta la gente valiente. Pero vive en la Palmeraie que es la isla de los ricos, allí no llega la verdad. Y yo no tuve el valor de incluir en la lista de injusticias que le enumeré anoche aquel caso de acoso a la chica de marketing a la que su marido le pagó 3000 € para que no lo denunciase. Es sólo una mujer enamorada, rica, ciega. Y elegante.

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