¿Quién me presta unos pulmones? Los devuelvo detrás de las fiestas

Ay dios, qué malita… vaya entrada de año, compare. Llevo tres días en cama con una bronquitis de esas de antibiótico y termómetro. Hoy me he levantado algo mejor y me he podido arrastrar hasta el ordenador para leer el periódico y escribir estas líneas. Eso sí, ando con un ciego que ni Pantani en sus buenos tiempos. Estoy tan mareada que he abierto la web de El País y no me enteraba de nada de lo que ponía en los titulares. Claro que eso me pasa casi siempre, tampoco le vamos a echar la culpa a la bronquitis de lo locos que están los políticos israelíes y los de Hamas. Que ya podría Alá o Yahvé o los tres Reyes Magos, mandar bronquitis en plan al por mayor a todas esa peña para que dejaran a los chiquillos correr tranquilos por las calles. ¿Y yo por qué no podré hacer una entrada en este blog sin hablar de política? Sólo una… a ver, hablábamos de la bronquitis. Mi madre que no se preocupe, que sé que lee este blog, la saludo desde aquí. Ya estoy buena mamá. Los demás tampoco os preocupéis, vamos que no me muero, por lo menos por ahora, claro, algún día si me moriré, como todo el mundo.
Buenos Reyes, ya me contaréis que os han traído.

El muelle de Verlinde

El muelle, Verlinde, el muelle… y 120 Kg. de pianista saltando encima de la banqueta. El muelle, el muelle, Verlinde… y un swing que hacía temblar el rascacielos entero, de verdad, os lo digo yo que estaba al lado siempre cantando por el Duke o por Kurt Weill. Un día hasta rompió la banqueta de tanto saltar. Las melodías las dibujaba igual que dibuja Iván, con palotes rápidos que aparecían y desaparecían dentro del tempo pero cada uno puesto de tal manera, con una gracia tan acertada, que te imaginabas el resto. Eso era lo grande de aquel tipo, que te dejaba terminar la canción en tu cabeza, no podías sentarte sin más a escucharlo, tenías que pensar. El muelle de Verlinde… Eric Verlinde, el día que rompiste la banqueta no me di cuenta hasta que no acabamos la canción y te vi con la cabeza hacia atrás, divirtiéndote en tu propia risa de cerdito y diciéndome entre carcajadas semimudas: Parecía Jerry Lee Lewis tocando de pie, que risa, my god. Yo entonces no solía llevar más de 5 dólares en el bolsillo y andaba bien jodida porque USA es una porquería de país y no veía la hora de salir pitando de aquella mierda pero los ratos con Eric y los chicos de la banda, en aquel rascacielos que albergaba el club ese de ricachones eran una bocanada de aire fresco. Volvía a casa exultante jurando que ratos así sólo con el jazz. Lo malo era al día siguiente, me levantaba por la mañana, miraba por la ventana y otra vez la misma historia. Aquello no era para mí, ahora lo sé.

En fin, qué voy a contaros que no sepáis, los músicos de jazz americanos de hoy día son blancos, universitarios y ya no se drogan. Las improvisaciones están cortadas todas por el mismo patrón pero cuando alguien como Eric se pone a marcar todos saben seguir el juego, porque, a pesar de todo, donde hay técnica hay alegría.

Aquí os dejo su web http://www.ericverlinde.com/ . Y un video http://es.youtube.com/watch?v=vvzbm-bnU7Q donde por cierto está también José Martinez en la batería… cosa fina mi José. Ay, qué tiempos aquellos…

Humo

Feliz 2009. Qué felicidad, sí. Otra vez la bola de espejitos que da vueltas, las luces de colores y sobre todo la máquina de humo en marcha, por supuesto, para que no se vea nada. Mi música no es más que un narcótico, debo dejarlos semiinconscientes para que puedan bailar, fumar, beber y sobre todo gastar. El humo lo tapa todo y mi voz adormece la poca conciencia que les pueda quedar aun alerta.

Todo es vulgar en una fiesta en la Palmeraie pero en realidad soy yo la que está fuera de lugar, yo soy la única hipócrita, la única que está ahí por el dinero. Todos los demás creen firmemente que el mundo es como es y no hay nada que se pueda hacer. Incluso hay muchos que ni si quiera saben cómo es el mundo. Están ciegos o equivocados pero al menos son coherentes con lo que sienten. Soy yo la sola energúmena que se planta delante de ellos a cantar canciones vulgares, en un espectáculo vulgar, con una sonrisa vulgar mientras en el barrio de al lado la gente se arrastra en el suelo para dormir al lado de una candela. Tengo que dejarlo. Porque yo no he venido a Marrakech a esto y me lo repito demasiado a menudo, cada noche, en cada canción y hay veces que odio al público y eso no pude ser.

La bella durmiente


A mi mejor amiga aquí en Marruecos la casaron cuando aun era menor de edad con un hombre mucho mayor que ella. Desde ese día tuvo que dejar de estudiar y de tener una vida social normal. Hoy prácticamente se relaciona sólo con su familia y conmigo. A partir de la boda ha llevado siempre hijab y chilaba porque su marido no le permite salir con otra indumentaria a la calle. En honor a la verdad, normalmente, y salvo en contadas excepciones, en general su marido no le permite salir a la calle nunca, independientemente de la indumentaria. Tampoco la deja asomarse a la ventana. Ella se llama S.

S y yo somos tan diferentes que las pocas veces que podemos pasear juntas por la calle me da la impresión de ir formando una pareja cómica. Los Martes y Trece de la Menara. Ella con sus velos y sus carnes abundantes, a la moda de Marrakech y yo canija y larga, enfundada en mis vaqueros estrechos y con tacones altos (¿Quién sufre más en esos momentos?).

No podemos estar solo/as, las mujeres y los hombres somos animales sociales. Eso me decían en la escuela. Bueno, no, en la escuela me decían que sólo los hombres son animales sociales. Las mujeres no debemos ser ni animales ni sociales, no debemos ser nada en absoluto. O eso pretenden algunos. Pero S y yo no queremos estar solas y queremos ser animales que se relacionan y se contaminan. Nos saltamos de un plumazo el Corán y los decálogos democráticos de la igualdad para salir a disfrutar juntas del templado sol de diciembre de esta Navidad descafeinada de Marruecos.

S, querida, S, quisiera poder escribir tu nombre entero. Quizás algún día me des permiso, cuando tu nombre vuelva a ser tuyo, como cuando eras niña y no te poseía nadie. Ningún hombre era entonces dueño de tu cuerpo, nadie lo castigaba. Entonces tu mente también era tuya, esa ametralladora de preguntas que es aún hoy día, no se avergonzaba en tu niñez de funcionar, no tenía miedo de pensar. S, por favor, despierta de ese letargo antes de que él te mate.

No me llega ni para tres latas

Yo no soy de las que ponen arbolito ni belén. Me da pereza. Este año ni he comido con la familia. Tampoco es que yo sea aquí la madre Teresa de Calcuta, vamos que no es que me las quiera dar de buena gente, pero todo tiene un límite ¿No? Y digo yo que si se organiza una cena de Navidad en la que el cubierto cuesta cerca de 40 € (en Marruecos, que es un país muy pobre) y el local se llena (120 reservas), multiplicando podemos decir el tipo se ha sacado un dinero. Bueno, pues si yo llego, con el gorrito de Papá Noel que me ha obligado a ponerme para cantar el puto villancico hortera de todos los años, y le digo: Mira, que había pensado pasar por las mesas para recoger dinero para los niños del orfanato tampoco es para que se le descomponga la cara. Que si ir por las mesas puede incomodar a los clientes, que por él no hay inconveniente pero que espere, que mejor vamos a hablar con el coordinador, que prefiere que dejemos la cesta en la puerta y que eche la limosna quien quiera…

Menos de 50 € sacamos. Entre el boicot del propietario y el pedazo de espíritu navideño de la peña… me va a llegar para dos o tres latas de leche y un par de bolsas de pañales. Niños, en el 2009 no se caga.

Y es que nada más entrar en la sala me di cuenta del plan. Habían puesto nieve de mentira sobre los manteles negros y al verlo me acordé del chiste de Forges: ¿Esto es nieve o caspa?