El capataz

Es como aquel empollón de nuestra infancia, ese que escribía en la pizarra el nombre de los que se portaban mal. No, peor. Es como el cobarde que para salvar el culo le echaba la culpa al hermano pequeño. No, peor aún, es como el que robaba del monedero de la abuela aprovechando la demencia… porque debajo de todo está el dinero.

Para que nos entendamos, primero está el patrón del que os hable ayer y después está éste.

El patrón

Trabajo para un completo ignorante que el único contacto que mantiene con la música es a través de las bandas sonoras que escucha desde su despacho mientras sus hijas ven películas de Disney en el salón. Alicia ¿Por qué no preparas para la semana que viene la canción del Rey León? ¿Y por qué no te metes en tu jakuzzi mientras sujetas un tostador de pan enchufado? El mundo sería más bello. La única diferencia que consigue notar este tío entre un karaoke y una banda en directo es que la banda le sale más cara. Ni si quiera tiene la capacidad, que desde un cierto punto de vista es admirable, de hacer dinero. No sabe montar negocios rentables, sólo monta negocios donde le sea fácil robar. Vive en una especie de palacete a las afueras de Marrakech, en medio un parque natural que está siendo destruido por los especuladores inmobiliarios que hacen casas y restaurantes de lujo para el buen desarrollo del país.
En Marruecos las cosas están cambiando. En Marruecos hay esperanza. Marruecos no es Argelia, aquí hay móviles y coches y a cambio la gente se está volviendo loca y trabaja sin que se le respeten los derechos más básicos y nadie se queja porque el pueblo marroquí es el más estoico que yo haya conocido.

Tierra trágame y déjame salir por Australia

Vale, yo lo cuento y os echáis unas risas a mi costa pero luego vosotros me tenéis que contar algo que os haya pasado en ese plan, una de esas situaciones en las que mejor que se lo/a trague a uno/a la tierra.

Pues resulta que llamo a mi jefe para saber si tengo que ir a trabajar esa noche. Me dice que no. Mira tú que bien. Le escribo un sms a mi marío anunciándole que estoy libre y diciéndole más cosas que no os voy a escribir aquí por más que me roguéis, que bastante vergüenza ya pasé como para que encima vosotros os ensañéis. Para que los lectores se hagan una idea, el contenido era una cariñosa invitación con alusiones a nuestra vida íntima. Una vez escrito el dichoso mensajito le doy a enviar y se ve que el móvil estaba en modo graciosillo porque en lugar de mandárselo a mi consorte se lo mandó a mi jefe. Debo añadir que, por si ya la situación fuera poco digerible, encima mis relaciones laborales tumultuosas con dicho jefe han hecho que llevemos más de dos meses sin dirigirnos la palabra más que para lo justamente profesional. Para colmo habla perfectamente español así que no tuvo ni que recurrir al diccionario para enterarse de cuales eran mis propósitos para esa noche en la que no tenía que cantar.

El orfanato de Issil

Una chica me dio las gracias por los pañales mientras otra me preguntaba sonriendo amablemente si me apetecía ver a los pequeños. Me encontré entonces en una de esas situaciones en las que me desdoblo. Una parte de mí, mecánica, enérgica, rápida y completamente irresponsable, se adueña de mis actos y obro entonces como una de mis marionetas. Ya no mando yo, manda esa otra Alicia que camina hacia delante y gracias a la cual me he pegado ya varias hostias. En cuestión de décimas de segundo dentro de mí las ganas se adueñaron de mi lengua: Oui… si je peut… tartamudeé en lo peor de mi francés. Ya no me acordaba de que antes de entrar había decidido dejar el paquete y largarme porque tenía miedo de tomarle cariño a los niños y que eso me hiciese sufrir. Lo demás es lo de siempre, ochenta niños abandonados son sólo pañales, yogures, mocos y papillas. La mierda en zapatillas de estar por casa no asusta tanto como en la TV. Cuando quise darme cuenta me encontraba con un bebé de un mes en un brazo y un biberón en la otra. Además, los niños no saben de lo superfluo, para ellos existe sólo un habitación llena de cunas y unas señoras con batas blancas que les cambian los pañales y les dan muchos besos. Y eso es lo que nos queda a los adultos, porque ellos mandan.

Sin darme cuenta en los últimos meses he estado caminando hacia algo que una vez, a los 17, me atreví a soñar: trabajar como voluntaria en África. No podría explicaros lo que esos niños me hacen sentir. Desde que decidí venir a Marruecos me perdí en cosas como buscar trabajo, casa, visados… estaba tan ocupada en el cómo que se me olvidó el por qué y, de pronto, cuando me encuentro de cara con la recompensa a tantos esfuerzos me acuerdo de la razón primera por la que vinimos y me hago consciente, una vez más en mi vida (como aquella función en Teatro Lope de Vega o aquella noche de amor en Edimburgo) de que un sueño más se me ha cumplido.

Álgebra

Madame Alaoui me ha dicho que su hija la visitará muy pronto. Ahora está en París y sólo espera las vacaciones de los niños para poder venir a verla a Marruecos. Su hija tiene un precioso apartamento en los Campos Elíseos, su yerno es dueño de varios hospitales privados y tiene muy buenos ingresos, no les falta de nada. Madame Alaoui está en Marrakech porque su madre murió hace poco y tenía que arreglar el papeleo del testamento, pero el 15 de diciembre su hija vendrá a recogerla y volverán todos a Francia. Francia es mejor, allí la gente es amable con las ancianas, no como aquí que ni si quiera me paran los taxis, sólo porque estoy enferma, porque Madame Alaoui es diabética y debe ir tres veces al día al hospital, ¿Me das dinero para pagar el taxi? Dame más, por favor, también tengo que pagar a la enfermera. Es difícil encontrar un taxi en la puerta de su casa, hay que hacer un pequeño esfuerzo, venga, yo la ayudo, son sólo dos manzanas, en la esquina pasan más pero las piernas no le resisten. Ven a verme, mañana a las 12 te espero en mi casa, mi hija va a venir pronto… pero hay cosas que no termino de comprender, no me cuadra el álgebra, será que traduzco mal del francés. Por ejemplo, Madame Alaoui no puede tener una madre recién muerta a menos que la difunta haya dejado de padecer a los 130 años. Tampoco entiendo lo del viaje de su hija en fecha 15 de diciembre (hoy es 19 de enero, algo falla). Pero lo que menos entiendo es porque Madame Alaoui pide limosnas por la calle si dice que su hija es rica.

La bola de nieve

Empieza como una simple canica que se desliza bailando caprichosa cuesta abajo, camino de la ladera, y en su viaje alegre va tomando más y más volumen. Hacia la mitad de la montaña ya es una señora bola de nieve pero nadie podría imaginar cuanto pesa porque su caminar es tan ligero, tan despreocupado el brío con el que se desplaza, tan juvenil y alegre su paseo que toda aquello no puede ser otra cosa más que ligereza. Hasta que de pronto aparece un pino. No tiene que ser un pino gordo, basta un pinillo cualquiera. De ahí lo humillante de la situación, si al menos se tratase de uno de esos impresionantes abetos alpinos suizos, pero no, no hace falta más que un triste tronquillo con cuatro ramas recién germinadas y la bola de nieve se desmorona.

Esa soy yo. Más burra no la hay. Ayer me encontré con un pino. Ya se me irá pasando y después vuelta a empezar.