El hermano de acogida

6a00d8341bfb1653ef01b7c768b81f970bHoy Y*** ha tenido visita con su otra madre. Al llegar al punto de encuentro, justo antes de bajar del taxi, Iván se ha dado cuenta de que la mamá de Y*** estaba en la esquina y me ha avisado disimuladamente, sin que su hermana se percatara. Gracias a eso he podido decirle a la peque que entrara en el coche de nuevo y le he pedido al taxista que nos dejara algo más adelante. Iván ha guardado el secreto por amor a su hermana y lo ha hecho con un temple y una madurez que me ha sorprendido. Se hace mayor, y lo hace en un entorno que le está facilitando la empatía y la responsabilidad.

Después de la visita, Y*** ha ido a un taller para menores en acogida. Iván y yo hemos entrado un momento en el aula para recogerla. Al salir hemos tenido esta conversación:

Iván- Jo, me he sentido extraño, no conocía a nadie y tenía envidia.
Y***- Yo te hubiese dejado entrar a jugar pero es que era un taller sólo para niños/as que tienen una madre de acogida y otra “ecológica”.- Así llama Y*** a las madres biológicas.
Yo- ¿Tú con envidia, Iván? Pero si tú nunca tienes envidia…
Iván- Pero no porque no sea envidioso, mamá, sino porque nunca estoy en situaciones como esas.

Y así, seguimos adelante, aprendiendo.

Lo que ella ve

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Le he traído un espejo para que se mire.

-¿Qué ves?

Su ceño fruncido, los ojazos negros disparando rayos de ira, la boca encogida…

-A mí triste.

-Pues desde fuera se te ve enfadada.

-No es lo que yo veo, yo veo tristeza.

Identidad leopardo

642En el mercadillo:
Iván- (Emocionado) Mira, mamá, una tela de estampado de leopardo de colores.
Yo- Ay, qué bonita, la compramos y te hago una capa.
La vendedora (gitana), pone cara de asombro. Le explico:
-Es que a mi niño le encantan las telas de brillos y los estampados de leopardo.
Un momento de silencio y reflexión por parte de la señora y suelta:
Po a vé ci es que er niño es gitana…
Yo pienso que eso es algo así como Foucault de mercadillo o cómo entender la identidad sin ser una feminista blanca repelente y muy leída.

La noche antes fuimos a ver un teatro de mimo. Y*** parecía diferente, había algo distinto en ella. Había visto a los mimos hacer cosas y las traducía: “ahora anda deprisa porque está nervioso” …estaba en un mundo sin palabras y eso la relajaba. Y*** habló inglés hasta los 4 años. A esa edad la separaron de su familia biológica y en pocos meses aprendió el español, en el centro de acogida. En menos de un año olvidó por completo su lengua madre. Ahora tiene un ezpañol flamenco, con seseos y ceceos que no obedecen a ninguna lógica geográfica y con un deje africano que la acompaña cuando habla, anda y baila.

Y*** ha descrito verbalmente su rechazo a nuestras muestras de amor. Le ha costado mucho, le llevó exactamente cuatro días conseguirlo y como es la niña más valiente del mundo (por lo menos pa mí que soy su madre), una mañana lo soltó: me agobia, me enfada y no me gusta (lo dijo con ímpetu porque va para alcaldesa o para algo de mandar mucho). El resto es todo un dibujar árboles y enseñárselos a los mayores haciendo especial referencia en las raíces. “Mira qué raíces ¿Has visto qué raíces? Yo antes no pintaba raíces, la gente no se da cuenta de lo importante que son las raíces, sin las raíces los árboles se mueren”. También dibuja a su mamá V*** pero no le pone la palabra mamá con una flecha, solo su nombre de pila. Al rato borra el nombre y escribe “mummy”. Ella se dibuja en el mismo folio, pero a cierta distancia. Las dos tienen la misma estatura, a veces incluso Y*** parece más grande y lleva el peinado que mamá V*** le hacía antes, cuando aún le dejaba peinarla. Es como una caja cerrada incapaz de abrirse. Sus dibujos son gritos. Sus palabras milagros. Y ella la valentía hecha animal.

A veces pienso que no tengo hijxs, tengo dos leoparditos.

-Y***, si este verano no quieres irte al pueblo con los yayos me lo dices, nadie te obliga. Si te da vergüenza porque hay gente que no conoces o lo que sea, me llamas y vamos a por ti.

– Es que yo no cé que es la vergüenza.

-La vergüenza- dice Iván- es lo que hay entre el miedo y la alegría.

Al escuchar a Iván a Y*** se le ilumina la cara porque se ha dado cuenta de dos cosas: ya sabe lo que es la vergüenza y se acuerda de un momento en el que la sintió:

-¡Cuando os conocí tuve vergüenza!

Ya sé que es poco. Es solo la expresión de algo que para los demás es una obviedad, pero en mi familia las obviedades no existen. La identificación de una emoción, el poder dar nombre a algo que Y*** siente o sintió es siempre un acontecimiento intenso porque ella habla en un idioma que le dificulta expresarse y vivió cosas que no deberían existir. Son cosas con nombres raros y dolores intensos, por eso cuesta nombrarlas. Así que dice eso y me abraza, ella que nunca abraza, lo dice y me abraza. Y me pregunta:

-¿Cuándo Iván os conoció también tuvo vergüenza?

-Iván salió de mi barriga, Y***, con él fue todo muy diferente.

-Ah, claro, entonces cuando llegó ya te conocía a ti pero no a papá.

-Bueno- dice Iván- es que conmigo fue distinto, Y***, yo me fui acostumbrando a ellos poco a poco.

 

Pekin mira al cielo

EFE-Pekin-lluviaHan descubierto que las tablets que les trajeron los Reyes graban vídeos de manera que ha empezado en casa una intensa actividad audiovisual. Los reportajes en cuestión incluyen el grabarse el uno al otro mientras cagan y también el hacer “telediarios” en los que Y*** es una reportera en China que informa del tiempo atmosférico (¿Quién no ha querido saber alguna vez si va a llover durante el fin de semana en Pekin?).

Está cada vez mejor.

-Mira mami, le he explicado esta mañana a Y*** lo de la teoría del Big Bang y le he hecho un dibujo para que lo entienda. Esta es la materia y esta es la antimateria y esto una churra que le he pintado porque parecían dos huevillos.

-Ah, qué bien ¿Y tú qué dices, Y***? ¿Estás de acuerdo con esa teoría? ¿Crees que fue así el origen del universo?

-Yo creo que zi, porque me fío de mi hermano.

Ya está en casa.

El rosa por bandera

 

Para Frida.

Cuando digo que el 90% de los hombres que conozco son unos gilipollas me refiero a esto: desmontar la masculinidad es el único modo que encuentro para entender la inclusión de las personas diagnosticadas hombres al nacer dentro de la lucha feminista. Pero desmontarla de verdad, no haciendo una paella el domingo mientras aseguras que la cocina se te da mejor que a tu mujer. Conozco a muy pocas personas que estén realmente en ese proceso. Desmontar la masculinidad no es hablar de ti en femenino en la asamblea de los miércoles (esa que organizas TÚ, anarcomacho, y que pones a las 7 de la tarde impidiendo a las mujeres que criamos poder asistir). No te nombres en femenino si no eres capaz de pasearte por tu barrio con un vestido rosa. El rosa y la -a son privilegios a los que no te vamos a dejar acceder de forma intermitente, en fiestas feministas, en centros sociales, allí donde de repente, ese color es lo políticamente correcto. El vestido rosa hay que sudárselo en una entrevista de trabajo, por ejemplo, o en una cena de Navidad. Creo que el movimiento feminista no es suficientemente consciente de hasta qué punto debe integrar la transexualidad en sus filas y en sus reivindicaciones.

Cuando era pequeña yo también fui princesa, me infectaron el cerebro con héroes salvadores en caballos blancos pero eso se me pasó al primer polvo en la adolescencia. Intuí la gilipollez masculina en seguida, afortunadamente. Es decir, muchos de los aditivos del rosa, esos que quisieron meterme a base de pollazos, fueron desmontados a tiempo.

Me sigue fascinando la manera en que la libertad de las mujeres se manifiesta donde menos te lo esperas. El rosa es para Y*** una bandera que delimita un espacio no mixto, un lugar donde los opresores del balón no entran a menos que demuestren que lo merecen ¡Quiero banderas rosa ondeando en los balcones de las casas! ¿Cómo pude olvidarme? La purpurina fucsia es la construcción del bando de las buenas, es la prueba de fuego. Si un niño era capaz de sentarse con nosotras a jugar con las Barbies y aguantar las burlas (y las agresiones físicas y verbales) de los opresores del balón, ese niño merecía ser aceptado entre nosotras como una más. Era “el test de la Barbie”, que hacíamos sin ni siquiera ser conscientes. No había amor romántico con ese chico, ninguna construía mierdas de dependencias con él, era realmente una más… una niña más del bando de las buenas, del bando de las que no pegaban balonazos, de las que estudiaban, de las que no abrían la puerta del baño cuando alguien estaba dentro, de las que no pegaban patadas, de las que no levantaban las faldas para humillar, de las que no cogían el culo sin permiso… era el bando de las niñas, el bando rosa. No había nada de malo en esa construcción más que el provecho que sacaba de él el bando de los niños. No se me ocurre nada más anarquista: nos respetábamos porque era lo justo, sin necesidad de que una autoridad adulta nos estuviese castigando a cada rato como ocurría con ellos.

No es malo ser complaciente, es malo aprovecharse de la complacencia. No es malo sonreír, es malo que te nieguen la rabia. No es malo vestir de rosa, es malo pensar que es un color de lerdas. No, machirulo de patio de colegio, las niñas que visten de rosa no son lerdas, es que te están poniendo a prueba para ver cómo de gilipollas eres.

Las princesas no éramos (no somos) imbéciles. Me he faltado al respeto a mí misma en otra época pensándome más lista en el presente. La Alicia de ahora se olvidó de aquel chico, se llamaba Juan. Él sonreía y nos hablaba, contaba cosas y nos escuchaba. A veces jugaba al balón y otras a las Barbies. Era receptor del acoso masculino infantil de mi barrio, pero afortunadamente supo siempre donde estaba el bando de las buenas, el bando rosa. También hubo quien recorrió el camino a la inversa. Hubo niñas que prefirieron el balón. Muchas se unían al acoso hacia el bando rosa y eso no lo perdonábamos porque lo vivíamos como una traición. En cualquier caso eran siempre machos de segunda así que el mismísimo bando enemigo se encargaba de vengarnos. Otras en cambio, sencillamente, eran mejor en los deportes y los tutús de purpurina les impedían moverse con libertad, por eso no los llevaban, tan sencillo como eso. Con esas no teníamos problemas.

Deja de ser hombre y dejaré de considerarte un gilipollas. Yo, mientras, desmontaré mi blancura, lo prometo, y prometo también no llamarme negra, gitana, mora o mestiza hasta que no haya sido capaz de desmontar mi etnia y mi clase allá a lo lejos, muy lejos de la asamblea de los miércoles. Quizás así empiece a ser, yo también, un poco menos gilipollas.

 

El Chocolate de la risa

Chocolate-image-chocolate-36212107-1920-1061-¿Por qué está to la enzalada roja?

-Porque lleva remolacha, ten cuidado no te manches.

-Pues si mancha tanto debería llamarse “remomancha”… – dice Iván – Ya he terminado, mamá… por cierto ¿Sabes que al comer chocolate el cerebro genera una sustancia que te hace más feliz?- ciencia y chocolate… de repente siento que algo trama…

-Ah ¿Sí?- le respondo- cuántas cosas sabes, hijo.

-Sí… ¿Podemos comer chocolate?

Voilà.

-Vale.

-Qué bien, vamos a ponernos contentos Y***.

Van a la cocina. Se lo comen y escucho:

-¿Tú no notas nada?

-No.

-Pues yo sí, estoy como… más feliz… lo pone en mi libro, en serio ¿Estás segura de que no notas nada?

-No, de verdad.

-Qué raro.

Leona

leona-y-su-cachorro-700x5251Ayer le fallé a Y***.  No lo digo desde la culpabilidad, ni desde el drama, lo digo desde la lucidez y estoy feliz por haberme dado cuenta. Ayer ocurrió que su familia biológica dio una muestra de por qué no pueden ser sus cuidadores y yo, en lugar de mantenerme firme y protegerla, hice lo que llevo haciendo desde que la peque llegó a casa: empatizar con su madre y su padre en lugar de empatizar con ella. Pero ya basta.

Esquivaré los golpes, mami– me dice con tan solo 7 años recién cumplidos. No, mi vida, no vas a esquivar más golpes, al menos los que yo pueda parar.

Perdóname Y***, es todo tan difícil y nuevo para mí. No me abruma la responsabilidad, es solo torpeza e inexperiencia.

Mamá V*** sencillamente no sabe cuidarte y por alguna razón o por muchas nadie de tu sangre ha sabido, ha podido o ha querido asumir el deber de hacerlo. Esto es algo que tengo que grabármelo a fuego en esta mente testaruda mía. Tengo que entenderlo de una vez por todas: no saben cuidarte, no pueden hacerlo, por eso yo estoy en tu vida y ha llegado el momento de asumir por fin este papel.

 

Equilibrio

-¿Qué haces subida ahí? Que te vas a caer…

-Me zubo en el tamburete porque no llego… que vi a cogé er keshu y la bayonesa.

-No se dice bayonesa.

-Ya lo zé,  es “bahonesa”-dice muy fina.

-¿Sabes que hoy me ha reñido la seño?- me cuenta Iván.

-¿Por qué?

-Porque dice que no me aprendo las tablas de multiplicar.

-¿Y tú que le has dicho?

-Decirle nada pero he pensado: “las tablas no me las aprendo pero sé dividir y hacer raíces cuadradas desde hace dos años ¡Zasca!”.- y se descojona él solo- …pero eso, mami, que lo he pensado, pero no se lo he dicho

 

Tictac tocotoco

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Camino del cole, las ruedas de las mochilas rodando, tocotocotoco…

-Mamá ¿A que Miguel y Michael es lo mismo?-dice Iván.

-Claro, Miguel es Michael en español.

-Uy, Mayte, como una zeño de mi cole- informa Y***.

-Mayte no, Michael.

-Po ezo he disho.

Este martes hubo visita. Una vez al mes vamos a ese sitio, entramos y nos hacen rodear pasillos y cerrar puertas a nuestras espaldas. Llegamos 15 minutos antes que ella, todo está calculado para que no nos crucemos. Después alguien entra en la habitación donde esperamos y se llevan a Y*** que ese día siempre se mueve mucho y se convierte en “Radio Y” a cada momento.

-Hasta dentro de una hora, cielo, que lo pases bien. – me escucho a mí misma y me doy cuenta que mi buena intención salió del revés, se convirtió en algo parecido a un sarcasmo involuntario. Pasarlo bien… ella no contesta. Jugamos mucho a hacer que no pasa nada, no se puede vivir siempre dando golpes sobre el yunque.

Hablo un rato con la trabajadora social, informes médicos, preguntas sin respuestas, el yunque de nuevo. Entonces Iván y yo tenemos un rato de “como eran antes las cosas”. Él hace un dibujo con tres dinosaurios y a cada uno le pone una flecha que señala a una palabra diferente: “papá”, “mamá” e “Iván”. Dice que es un dibujo del pasado y le pone una fecha antigua. También me dice que lo guarde en el bolso, no sea que Y*** lo vea.

Hemos comprado zapatos nuevos. Y**** los ha escogido de plata, iguales que los míos. Iván unos de purpurina rosa, así que, al día siguiente, se presenta en el cole con su melena, su diadema y sus zapatos rosas de purpurina y dos matones le dicen “mariquita” y “niña” pero a él le da igual porque lo defendió toda la clase y su mejor amigo, Mario, fue muy bueno y muy valiente porque gritó delante de todo el mundo: “¿Mariquita? Muy bien, mi amigo es mariquita, de acuerdo ¿Y qué pasa? ¿Qué tiene de malo ser heterosexual?” Mario es un tío estupendo, lo que pasa es que se lía un poco con la terminología queer, pero da igual porque los matones tampoco se aclaran mucho y sustancialmente el mensaje quedó bien clarito: a mi amigo ni toserle.

-Y***, no puedo dormir contigo, roncas mucho.

-Yo no ronco, Iván, es que respiro fuerte.

-Te voy a tener que despertar con un tanque.

-A ver si eres capaz.

-Es una forma de hablar ¿Es que no sabes lo que es un tanque?

-Po claro que lo zé, aonde viven lo pato.

Nunca paso el examen del primer martes del mes. Esta vez ha sido la piel, estaba poco hidratada. Es una hora difícil para todos. Iván y yo aguardamos en una cafetería hasta que ella se va. Veo moverse las agujas de un reloj de pared y pienso en el tiempo. Nunca empatizo con Y***, solo con su madre (con la otra madre). No quiero que se le acabe la visita, es la hora más cruel del mes. Ella solo tiene sesenta tictacs cada treinta días y yo tantos tocotocos de mochilas arrastradas como quiero.