Bendita neumonía

Ayer visitamos la sala de urgencias del hospital infantil. Andaba yo en el coche, camino del lugar, entre un tráfico infernal, con mi niño detrás a 39,5 y subiendo y, sin exagerar, porque ya venimos conociéndonos las angustias maternales y yo y además porque lo de la abnegación nunca fue conmigo, sí debo admitir que el pellizco en el estómago y la falta de sonrisa me acompañó durante parte del trayecto. También anduvo por ahí el sentimiento de culpa por qué lo obligaría a comer yo ayer, no debí mandarlo al cole… y demás etcéteras. Me pregunté muchas cosas ayer noche, en ese hospital, viendo a Iván ya sin fiebre y diciendo con insistencia y energía repetitiva cuándo volvemos a casa, viendo pasar a la traqueotomizada, al hidrocefálico, al recién nacido-recién operado, oyendo los aullidos del pequeño de la consulta 2… y sobre todo viendo a sus madres y padres sin el derecho a derrumbarse ante la que es sin duda la situación más dura en la que la vida puede ponerte: ver sufrir a tu hijo/a.

Miro a Iván, le extiendo los brazos y le digo: ven con mamá. Y él viene, por su propio pie, sonriendo y feliz.

Es sólo un poco de tos.

Sobre la vehemencia



¿Nos hace ridículos/as la vehemencia? Lo que sí que es seguro es que nos hace incómodos/as. A veces me pregunto si no debería amoldarme a las circunstancias. Tengo una manía: me ha dado por creer que es el mundo el que está hecho de plastilina y no los seres humanos y ahí ando, desde los 14, pico y pala, intentando cambiar las circunstancias en lugar de adaptarme a ellas. Con los años he aprendido a reconocer a los/as envidiosos/as, que combinan a ratos la admiración con la frustración y te arrojan luego la burla en forma de miedo disfrazado de cinismo. Pero esas personas no me preocupan. Las que me dan que pensar son las que quizás lleven razón, las que se toman las cosas con esa distancia del no es para tanto, la vida son dos días.

En cualquier caso no hay mucho donde elegir y si lo hubiera yo seguiría en este camino. Por cabezona, supongo. O quizás también por seguir el ejemplo de quienes entre el deber de ciudadanos/as y el de seres humanos nacidos con la obligación de apreciar el regalo de la vida, escogieron lo primero. Porque la verdad, esta vida, tal y como está, no hay quien la digiera y ni mucho menos quien la disfrute, así que sigamos enfadándonos, aunque se rían de nosotros/as.

PD: QUé bien dice Cidinha Campos la palabra cinismo, me ha emocionado.

Sobre la sumisión masculina


Y como no podía ser menos, he aquí la segunda entrega de esta novela pseudosado de dos capítulos, porque sexos hay muchos pero géneros, por suerte o por desgracia, sólo dos. Y también ellos se someten, también ellos tienen su yugo. Desde pequeñitos/as nos hacen conscientes de nuestros deberes y los de los hombres son los públicos. Tal y como la mujer es esclava de su abnegación en lo familiar, el hombre lo es de su cobardía como empleado.

Hay quien dice (y también quien no) que el orgasmo femenino es superior al masculino. El clítoris es ocho veces más grande de lo que parece a simple vista por eso el placer femenino quedaría oculto tras el velo de la incomunicación y la madriguera física porque ¿Cómo se mide eso? Mi orgasmo fue mejor, tú que sabes el mío moló más, el mío fue así pues el mío también qué te crees. Hombres y mujeres estamos condenados a no llegar jamás a comprendernos. Por eso yo, a veces, en la intimidad de mi lecho, intento imaginar qué se sentirá siendo hombre y encontrándose delante de ese jefe omnipotente al que no se le puede ni si quiera decir: hoy no vengo a trabajar porque mi hijo tiene 39 de fiebre. El jefe de los maridos es esa entidad que vigila constante, un Gran Hermano que duerme en medio de la cama de matrimonio porque suyo es el poder, suya la gloria. El jefe de un marido es como el placer del clítoris de una esposa: un ser oculto de dimensiones y poderes indescriptibles y, siempre, incomparable con el de la pareja. Aunque, debo decir que, si bien me he escuchado decir eso de si tú pides la baja no se ve tan mal como si la pido yo, no puedo afirmar que la cosa me excitara.

Sobre la sumisión femenina

Me resulta harto curioso y entretenido consultar la página de estadísticas de este blog. Allí veo cómo me encuentra, a través de búsquedas improbables en san Google, quien en realidad no me busca. Así, esta es la web de los que buscan chaperos y prostitutas en Marrakech, de los/las que quieren ilustraciones infantiles o también de los/as que necesitan fotos de humo. En fin, supongo que con el título del artículo de hoy atraeré también a los/as amantes del cuero. Bienvenidos/as todos/as. Para avivar estas confusiones cibernéticas colocaré una foto acorde que espero sea de vuestro agrado. Me gusta que mi blog sea visitado por gente que se divierte, aunque sea de rebote. Nunca se sabe, a lo mejor alguno/a se queda.
En cualquier caso, de lo que yo quiero hablar no es de sexo sino de la incapacidad femenina para renunciar a la abnegación. Quizás por un complejo social de inferioridad (que, como sabemos, es pescadilla mordiente de cola del de superioridad) pensamos que es nuestro el poder, es nuestro el deber, es nuestro el hacer. Somos las supermujeres del XXI. Nosotras mamamos de las tetas de unas madres también abnegadas pero al menos ellas estaban exentas de pagar facturas con su sueldo. Y así compartimos vida, cama, plato, hijos/as e hipotecas con unos señores que a veces nos parecen de otro planeta o mejor, de la luna, porque es ahí donde están la mayor parte del tiempo nuestros consortes. También visitan Babia. Caminan a nuestro lado, intentando seguir la esquizofrenia de nuestros pasos y preguntándose, quizás, las mismas cosas qué nosotras.

Estar en Marrakech



Ver en Youtube los vídeos caseros de las manifestaciones en Marrekceh ha sido de verdad emocionante. Las mismas calles por donde hace tan sólo unos meses vivía mi vida pensando que la situación del país no tenía solución están de pronto inundadas por pancartas y gritos de protesta. No doy crédito.
Quiero estar en Marruecos. Necesito estar en Marruecos. Temo estar en Marruecos. Echo de menos estar en Marruecos. No estoy en ningún otro sitio más que en Marruecos.

Sobre lo introspectivo

Aquí se me ve todo. Camino en la red como Marilyn sobre las rejillas del metro, con el culo al aire. Por eso y por la frenética vida europea que recién estreno, en los últimos meses de este blog, me ha costado confesarme. Me escondo en noticias, reivindicaciones, artículos feministas… y no respiro. Por otro lado están los 35, supongo. Muy bien cumplidos pero cumplidos ya, con sus reflexiones y recapitulaciones, con sus reajustes y adaptaciones, con un guión original del que ya queda sólo un manuscrito repleto de tachones y fragmentos reescritos. Es un yo debía estar allí, no aquí. Y de pronto darme cuenta de que ni el allí ni el aquí tenían la menor importancia.

Este post va a resultar cortito. No está mal para una vuelta a lo introspectivo.

Mi sueño, tu letargo y la pesadilla

Mujeres revolucionarias en Egipto.
(Para ver más fotografías de las revolucionarias egipcias pulsa aquí)

Miro las fotografías de la revolución en Egipto que circulan en la red y no puedo evitar soñar. Con un mundo mejor, con el Marruecos que permaneció en lo más profundo de mi esperanza cuando por las mañanas atravesaba la trastienda de la Medina de Marrakech en busca del orfanato, lejos de los turistas, de los campos de golf y de las piscinas, allí donde la pobreza lo anega todo. Algo se me despertó durante esos trayectos en coche, mirando por la ventanilla descubrí un rincón recóndito en mis vísceras y en mi mente donde me supe por fin viva. No puedes cambiar esa sensación por nada, es sólo que si te descuidas, te mata.

Las fotografías de la revolución en Egipto me hacen cerrar los ojos del consciente y soñar con un Marruecos diferente. Juego a imaginarme que esas personas son mis vecinos/as, mis compañeros/as de trabajo, los habitantes de un Marrakech asustado y dominado en la realidad, pero libre en mi cabeza. No me cuesta casi esfuerzo porque las fotos de Egipto están repletas de las mismas miradas, las mismas pieles, los mismos hijabs, las misma furia, la misma vida que presencié Daoudiate. Cambia sólo la dirección de todo.

Marruecos reposa en un incansable letargo repleto de pesadillas y Mohamed VI no es Mubarak, no lo es por la gracia de Dios.