Intimidad y privacidad

 

Al hilo de lo que decía hace unos días EstíbalizEspejo-Saavedra en sus redes sociales sobre la diferencia entre sinceridad y honestidad (señalando que la primera carece de autocrítica y la segunda no), no puedo evitar relacionar esta comparación con la existente entre intimidad y privacidad, sobre la que llevo trabajando desde hace meses.

La intimidad no tiene nada que ver con el número de personas que compartan la información. Podemos escribir un libro de poemas en el que expongamos nuestros sentimientos y este libro no dejará de ser íntimo por llegar a ser un best-seller. La intimidad es la expresión de forma honesta de una emoción.

La privacidad nos viste, la intimidad nos desnuda

La privacidad, en cambio, debe incluso ser leída como el concepto antagónico de intimidad en determinadas ocasiones (a pesar de que a menudo se presenten como sinónimos). La privacidad no es expresión en ningún caso, se trata más bien de lo contrario a la comunicación. La privacidad es un escudo que parapeta los bienes, las informaciones que, por algún motivo, no queremos compartir con los demás.  La privacidad, por tanto, es un término íntimamente relacionado con el capitalismo, que fomenta el individualismo, en contraposición a la intimidad que supone un desarrollo positivo desde el punto de vista político y moral de nuestras personalidades y que tiene como objetivo ser mejores ciudadanas. La privacidad oculta aquello de lo que nos avergonzamos, la intimidad es el lugar desde donde reflexionamos de forma honesta sobre nuestros límites, la privacidad protege  los miedos que no queremos afrontar, la intimidad nos ayuda a transformarlos en creación artística, filosófica o en  cualquier objeto (material o no) útil a los demás y a nosotras mismas. La privacidad nos viste, la intimidad nos desnuda. La privacidad nos hace esclavas, la intimidad nos hace libres.

A través de la intimidad viajamos hasta el centro de nuestras consciencias morales, éticas y espirituales, hacia un lugar donde nos encontraremos con nosotras mismas cara a cara, con nuestros límites, miedos y vergüenzas, independientemente de que decidamos o no compartir todo este mundo íntimo con las demás personas. De hecho, el acto de hacer pública la intimidad pasa a un segundo plano, carece de importancia en el desarrollo de la misma. La intimidad define las relaciones personales en cuanto a que son cercanas y profundas y nada superficiales, sin que el número de personas que participen en dichas relaciones sea determinante.  Con la privacidad, en cambio, ese viaje se hace imposible porque el fin mismo del concepto no es otro que la protección, el impedimento del acceso, la cerrazón, no sólo hacia las demás personas sino también hacia nosotras mismas. Privacidad e intimidad, por tanto, no son a mi entender sinónimos como a veces nos quieren hacer creer, sino más bien antónimos.

Privacidad e intimidad en redes sociales

En una época en la que, en poquísimos años, las redes sociales han revolucionado las relaciones humanas es muy importante saber diferenciar entre ambos conceptos. También hubiese sido importante saberlo en las épocas en las que la propiedad privada empezó a fraguarse a nivel económico. De hecho, en la actualidad, se está viviendo una capitalización de la información idéntica a la que en siglos anteriores ocurrió con los bienes materiales y es por esto por lo que debemos convertirnos en activistas de la intimidad.

Bien es cierto que la privacidad puede utilizarse como forma de autodefensa, pero no por ello deja de ser una forma de violencia estructural. La violencia, como decía Hanna Arendt, puede estar justificada pero nunca legitimada. Por ejemplo, a una mujer víctima de malos tratos que ha huido de su ciudad debería permitírsele el uso de las redes sociales con pseudónimo. Pero seamos realistas y, sobre todo, honestas: cuando no queremos que aspectos de nuestra vida privada salgan a la luz en Internet ¿cuántas de esas veces lo hacemos como fórmula de autodefensa y cuántas como estratagemas para tapar nuestras vergüenzas, nuestros miedos no afrontados, nuestros errores? Es lógico que no publiquemos nuestra dirección postal o nuestro número de cuenta bancaria por cuestiones de legítima defensa ante posibles estafas o robos pero sólo en esos casos la privacidad resulta justificable. El problema es que, hoy por hoy, se apela a la privacidad como un espacio que debe ser respetado en nombre de la ley siendo, asimismo, el lugar donde más atrocidades e ilegalidades se cometen. La legitimidad de la privacidad nos ayuda a ser personas ilegítimas.

Las redes sociales son muy a menudo un escaparate donde exponemos maniquíes de nosotras mismas. Nos hacemos fotos en fiestas, con personas amigas con las que compartimos relaciones superfluas y mostramos de forma pública sólo aquello de lo que estamos orgullosas o que, creemos, nos puede dar beneficios sociales. Casi nadie cuelga una foto de sí misma sentada en el wáter. Muy pocas personas son tan valientes como para contar cuáles son sus miedos íntimos o hablar públicamente de actos racistas y machistas que cometieron y de los que se arrepienten y esto es porque la intimidad asusta. El miedo a nosotras mismas es la clave, una vez más. De hecho, la mayor parte de las personas, al mostrar aspectos de su vida personal lo hace construyendo una falsa intimidad: es sabido que la amistad y el amor no necesitan ser mostrados para afianzarse y aún así las fotografías de paellas y fiestas domingueras inundan Facebook y Twitter. Es como si las personas que publican esas fotos quisieran gritarse a sí mismas: “No es verdad que estoy sola, no es verdad que soy despreciable, la gente me quiere”. Y así construimos un mundo emocional de cartón piedra en el que, lo más importante, es no asumir la autocrítica en nombre de la legitimidad de lo privado y el consenso colectivo de no afrontar el miedo.

La mediocridad nos inunda. La superficialidad es la base de la mayoría de las relaciones sociales. Las personas se reúnen los domingos a comer paellas y a darse la razón unas a otras, todas vestidas como maniquíes, profundamente incómodas en la imagen que se cosntruyeron de sí mismas. Porque la sociedad quiere maniquíes delgados y toda nuestra gordura emocional nos sobresale en forma de michelines fofos que serían imposibles de disimular si no contáramos con lo privado.

Por eso me expongo en las redes sociales todo lo que puedo, como ejercicio para combatir el miedo atroz que me acompaña a no estar a la altura de quien deseo ser. Y por eso expondré todo lo que observe, porque sé que la privacidad no es más que una forma censura y el camino más corto hacia la deshonestidad. Respetaré ese mínimo justificable de violencia que consiste en salvaguardar nombres, apellidos y demás datos que faciliten la autodefensa estructural pero todo lo demás lo expondré de la forma más limpia, creativa e íntima que me sea posible.

María Gallardo dice en uno de sus maravillosos vídeos pornográficos: “A las mujeres se nos dijo que si se nos veía el coño era o por tontas o por putas, por eso yo hoy enseño el mío, de forma consciente y libre”.

 

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One thought on “Intimidad y privacidad

  1. Suelo leer tu blog, aunque no deje comentarios. Esta entrada me ha puesto un espejo delante, y me ha hecho cuestionrme algunos temas que nunca me había planteado. Muchas gracias, lo comparto en Facebook porque creo que es una lectura muy recomendable. 🙂

Si vas a comentar debes saber que: si eres hombre tendrás menos posibilidades de que te lo publique y que si me insultas o hablas con tono paternalista o faltón no tendrás ninguna. No acepto opiniones, ni consejos, soy así de chula. Adiós.

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