El atentado del Café Argana visto desde una terraza de Isbilya

El Café Argana después del atentado


El Café Argana y la plaza Jma Fna


Jma Fna fue el lugar donde tiré mi ancla. Allí quedó encallada, en lo más profundo de la verdad, para siempre. Cuando más cansaba estaba de todo, cuando pensaba que la situación era demasiado fuerte para poder soportarla, me daba un paseo por ese centro neurálgico, ese agujero negro, el epicentro de mi mundo: Jma Fna. Ella me devolvía la razón, me decía este es tu lugar, Alicia ¿Es que no lo ves? Sólo aquí estás realmente viva, lo demás es sólo un sueño. Y era verdad, esa puta voz que me hablaba entre la esquizofrenia de la música, los olores, los colores, los vendedores de dientes e historias, los encantadores de serpiente y las tatuadoras, esa voz me decía la única verdad. Nunca más saldré de esa plaza ni de Marrakech, me quedé allí. En cuanto a la felicidad, debo decir que fue Marruecos el lugar del mundo que me enseñó que una vida no puede definirse como feliz o infeliz sino más bien como necia o consciente.

¿Qué está siendo de mi Marruecos? ¿Por qué justo ahora que me he ido? Una nítida sensación me arrasa el corazón: debería estar allí, cumpliendo con mi deber.

Pobres hombres barbudos


Recuerdo que cuando vivía en EEUU conocí a un chico afgano que me contó algo muy curioso. Tenía aproximadamente mi edad (algo más joven) de manera que la época más radical de los talibanes le pilló en plena adolescencia. Me dijo que durante esa época su sueño era salir del país, quería estudiar fuera, estaba harto de que no me dejasen afeitarme y de no poder llevar la ropa que a mí me gustaba, era casi un niño, un niño muy rebelde. Me quedé sorprendida ante tal afirmación, nunca me imaginé que las leyes talibanas fueran prohibicionistas también con la indumentaria masculina. Además este chico me contó que antes de llegar a EEUU las únicas mujeres a las que había visto sin burka eran a sus hermanas y a su madre de manera que imaginaros el shock que supusieron para él cosas tales como asistir a una fiesta universitaria, pedirle los apuntes a su compañera de pupitre o, simplemente, pasear por el campus. Tardó años en superar un bloqueo psicológico que iba mucho más allá de la timidez. De hecho más bien se trataba de una enorme represión sexual y social.

Lo que más me sorprende de esta historia es que nunca se escuche hablar de las represiones masculinas de los sistemas heteropatriarcales. Es como si se pensase que de quien hay que preocuparse es de las mujeres que son las que no saben decidir por sí mismas. No tengo noticias de ningún chico musulmán expulsado de su centro de estudios (universidad o instituto) por llevar barba a pesar de que es una costumbre tan extendida entre los musulmanes como el hijab.

Y es que ellos son machotes, saben lo que quieren.

La perspectiva implacable

Crecemos en las advertencias del por tu bien y también en la consigna del eso no tiene importancia. A las mujeres se nos añade además la de ya lo tenéis todo conseguido. El disimulo, el no querer ver es general y la ceguera casi universal.
Pero un día miras a tu alrededor y te das cuenta de que aunque ningún hombre te cruzó la cara tu situación laboral y familiar es completamente diferente a la de los varones de tu entorno. Puede ser casualidad, te dices, y abandonas la cuestión que a los pocos días te vuelve a molestar, durante un paseo por tu ciudad, en el que te percatas de que no existen calles dedicadas a conmemorar el recuerdo de las mujeres. Y esta vez te repites que la cosa, simplemente, no tiene importancia.
Y así pasan muchos años y ocurre que un día vives algo realmente difícil de justificar (pierdes tu empleo por quedarte embarazada o consuelas a una amiga que ha sufrido una violencia sexual o sufres el acoso de tu jefe…) y es entonces cuando ocurre: tus ojos se abren y ya no hay vuelta atrás.
Siempre existe el momento en la vida de una mujer en el que se da cuenta de que todo está al revés en este mundo, comienza así la perspectiva implacable. El señorita y no señora, lo que no puedes explicar de una mirada, el empleo que no te dieron, los zapatos de tacón, tu placer sexual bajo cronómetro, el vestido de novia, las ingles brasileñas, Walt Disney, la no presencia en los libros de texto, en las portadas de los periódicos, en los puestos directivos… Todo entonces es feminismo porque la sociedad, como por arte de magia, se te revela un día preciso, a una hora precisa, en un instante, como lo que realmente es: un lugar en el que no se te quiere tal y como eres. La toma de conciencia de esta verdad es mucho más dolorosa que la hostia de un maltratador porque contra ella no hay leyes (porque ella misma es la ley). Ley y tradición.
Y a pesar de eso, el segundo paso es el de hacer de la alegría la mejor de nuestras armas, debemos pensar en el nosotras como en una coalición de libertad y ejercer esa libertad con pasión porque es la única forma que existe de aprenderla.

La sumisión del hombre sin pene

El hombre sin pene viste normalmente con traje oscuro de chaqueta y falda sastre. Sus zapatos son semiplanos y lleva la melena teñida. Aprieta fuerte la mano al saludar porque en política o industria, ese terreno tan resbaladizo para las vaginas, los dos besos serían señal de debilidad, de exceso de confianza y, quien sabe, incluso en algunas ocasiones pudiese ser interpretado como predisposición sexual de intereses amorales. Todo ello haría del hombre sin pene un ser menos competitivo, menos profesional. Igual que sus menstruaciones, combatidas a base de ibuprofeno y mucho disimulo. Igual que su parto, despachado en quince días. Igual que sus polvos, rápidos, sin preámbulos ni despedidas. Igual que su llanto, escondido en el despacho, a puerta cerrada. El hombre sin pene, además, menosprecia el bordado, la cocina, el cuidado del hogar, la prostitución y cualquier otra labor realizada tradicionalmente por las mujeres, esas que no añoran poseer un falo, esas orgullosa y felices de su destino mediocre.

El hombre sin pene, llegado los 30, aprieta el acelerador, a pesar de todo, a pesar de saberlo, a pesar de que una consciencia clara se le reveló una mañana dándole la llave de la sabiduría, del apogeo. A pesar de ello, el hombre sin pene siguió saliendo cada mañana a sostener su yugo.

He aquí la sumisión del hombre sin pene, consiste básicamente en intentar ser lo que no se es. Y es que algunas se creyeron aquello de que las mujeres éramos peores.

La procesión infantil

La línea que separa lo cultural de lo religioso es fina y afilada. No me gusta que me vistan al niño de costalero y mucho menos sin mi permiso y menos si es dentro del horario escolar y menos aún en un centro de enseñanza pública. No me gusta, mire usted. Y otra vez mi vehemencia y el dar la nota y es que el mundo que yo tengo en la cabeza es tan diferente del que me encuentro todos los días después del desayuno que a veces no doy crédito. Pero, de verdad ¿Tan difícil es?¿Tan complicado resulta entender que el/la que tenemos delante es diferente a nosotras/as?¿Tanto chirría una piel de tonalidad oscura, unos ojos rasgados, un velo, un señor que ama a otro señor o una madres que, simplemente, no quiere ver a su hijo vestido de alguien que se tortura el cuerpo por fe? Dice la señora directora que mientras que ella esté al mando no entrará una niña con velo por la puerta del centro pero que cruces al cuello sí, todas las que queramos, y dice también que si interpongo una reclamación en Delegación por lo de la procesión ya se encarga ella de anular una por una todas las celebraciones, que si no se celebra la Semana Santa no se va a celebrar nada, ni carnaval, ni fin de curso, ni nada de nada.

Ya veremos. En principio me quedaron tres opciones: o el niño de costalero o el niño perdiendo un día de cole o el niño solito en la biblioteca mientras sus compañeros/as adoraban la caja de cartón. Menos mal que el Iván es mucho Iván. Llegado el momento y por su propia iniciativa (doy mi palabra de honor de que lo he dejado al margen de toda la polémica) le dijo a su profesora que él pasaba de procesión, que lo acompañara a dar un paseo y a leer un libro.

Mi identidad

Cantar fue un acto que se me impuso de forma postiza y que en los principios de mi más tierna infancia me producía incluso enfermedades psicológicas tales como colitis musical (que aparecía en cuanto pisaba el conservatorio), pérdida del apetito, enuresis, estrés y, sobre todo, aburrimiento crónico. Odiaba la música, ahora lo sé, entonces ni si quiera me atrevía a pensarlo por aquello de la obediencia filial. La cuestión es que, misterios de la vida, algo ocurrió durante la adolescencia que lo cambió todo y hoy por hoy considero estar dedicada a esta profesión por verdadera vocación. Es parte de mi identidad de una forma mucho más fuerte de lo que jamás hubiese imaginado y por eso me pregunto ¿Qué ha quedado de esa niña que se culpaba por encontrar aburrido a Czerny?

En los últimos meses intento basar mi trabajo en la introspección psicológica de la voz. Quiero saber cómo sonaría si pudiese liberarme de el qué dirán. Necesito saber cómo soy sin querer decir más que: éste es mi yo escondido. Qué horror, parezco una bailarina de danza contemporánea, he metido en la misma frase las palabras introspección, psicológica y trabajo. Ustedes sabrán perdonarme, como sabrán también perdonar este rollo medio psicoanalítico que estoy soltando. Lo que ocurre es que, una vez más, me he dado de bruces con el feminismo. Contarme es contarme como mujer y yo quisiera poderme contar como ser humano ¿Es eso posible para alguien que pertenece al género femenino en el 2011? Parece que las mujeres seamos primero mujeres y después todo lo demás. Y es que si dejamos de lado esa faceta de nuestra identidad siempre llega alguien para recordárnosla obviando nuestro trabajo o menospreciándolo o juzgando nuestro físico o castigándolo o poniendo nuevo significado a nuestras palabras o borrándolas. No podemos dejar de defendernos en un mundo hecho a medida de ellos. Después nos llaman exageradas, pesadas, radicales o incluso, a modo de reproche, simplemente feministas. Yo, sintiéndolo mucho, no bajo la guardia ni un segundo. Y a quien no le guste, ya se sabe, ajo y agua. Ahora bien, no dejo de darme cuenta de la repercusión que eso tiene sobre mi vida. Las mujeres, una vez más, estamos expuestas a la auto-traición, tomemos el camino que tomemos.

Según Clara Campoamor la libertad se aprende ejerciéndola.

Miro mi infancia, miro a Czerny, a mi enuresis, a mi camino y veo el camino de una mujer pero debo también permitirme el derecho de ser feliz y de conocerme a través de mis propios ojos. Al fin y al cabo, seamos sinceros/as, Czerny es un verdadero tostón.

Ayer fui a ver Japiverdy

Ayer fui al teatro. En los últimos años siempre que voy al teatro es porque algún/a compañero/a trabaja en la obra. Ese es el principal motivo, aunque a veces también voy si pienso que alguna persona del cartel podría haber sido mi amiga en el caso hipotético de habernos conocido. Eso sí, nunca voy a producciones en las que yo sepa que los artistas ganan muchos euros por función, aunque alguna persona amiga actúe (a menos que me regalen la entrada en cuyo caso accedo porque siento que estoy haciendo algo así como una copia pirata de la asistencia al teatro). Es una cuestión moral, por eso ya casi nunca voy a la ópera (aunque sea una de las cosas que más amo en este mundo). Me jodo y no voy. Para eso están las grabaciones en DVD, si son piratas mucho mejor.

Me gusta mucho ir al teatro, sobre todo porque las obras las elijo con los criterios anteriormente expuestos. Y por lo demás, ya lo he dicho muchas veces, me estoy quitando.

Ayer fui al teatro (creo que lo he dicho ya). Actuaba una amiga mía y eso hace más lógica mi asistencia. Esta vez pagué la entrada gustosa porque la compañía trabajaba sin caché y sus salarios dependían de lo recaudado en taquilla. Actuaban Raquel Madrid y Cipri López y la obra era Japiverdy. Pasó lo de casi siempre que voy a ver a una amiga actuar, que me quedo de piedra porque asisto a un espectáculo de una calidad tan alta que no puedo comprender como somos sólo cuarenta personas en el público. Lo mismo me ocurrió la semana pasada con el espectáculo Una forma fácil de acabar con todo de María Cabeza de Vaca o cuando Bárbara Sánchez expuso su Gala fantoche. Me resulta incomprensible que todas estas señoras de las que hablo trabajen con subvenciones pordioseras o directamente sin un duro público, pero vamos que lo que yo voy a contaros hoy es que Japiverdi es una obra de teatro como la copa de un pino y que da gusto ver la mirada de Raquel encima del escenario. Por alguna razón, que aún no tengo clara, debemos seguir creando cosas. Esta generación de artistas sin público, sin subvenciones y sin espacios escénicos debemos seguir adelante. Ahora más que nunca, porque ahora ya sí que no debemos nada a nadie.