Mis mil casas

Hace casi cinco años, cuando estaba a punto de irme a los EEUU, me planté en casa de mi padre con mi viejo teclado, no lo puedo facturar, regálaselo a alguien. Pero mi padre siempre lo guarda todo y hoy, a mi regreso, lo he instalado en medio del salón de la casa nueva (como aún la llama Iván). Y así, uno a uno, recupero todos los elementos de mi antigua vida, me reencuentro. Ando cantando Haydn y ya se me había olvidado cuanto me gustaba. Debemos tener el alma descuartizada y repartida por el mundo, al viajar vamos reconociendo los trozos en las cortezas de los árboles en México, en la mirada de un vendedor ambulante de Marrakech, en los zapatos de plataforma de una drag de Broadway, en Seattle. Pero no podemos recomponer el alma, no podremos jamás unificar esos trozos que nos encontramos en una sola pieza, debemos resignarnos a vivir lejanos de nosotros/as mismos/as, de todos los miles de fragmentos de alma que reconocimos en los lugares del mundo que visitamos y de todos aquellos fragmentos que jamás tendremos la oportunidad de conocer.

Hoy me veo inmersa de nuevo entre partituras, con mis manos sobre el teclado, con los/as viejos/as amigos/as a golpe de teléfono, con la ciudad controlada, con los códigos reconocidos y asimilados con naturalidad durante la infancia y con los otros, los impuestos y odiados. Aquí ando, en casa echando de menos mis otras casas. Aquellas donde yo no era cantante sino maestra, cooperante, extranjera sin permiso de trabajo, estudiante, turista, mujer blanca, mujer latina, mujer casada, mujer… todas las alicias que encontré en el camino quedaron para siempre unidas, a través de un hilo transparente, a esta del teclado y las partituras. Mi vida aquí me encanta, está hecha a mi medida, pero escucho el ritmo del latido de este enorme planeta y mis responsabilidades repartidas y olvidadas, sobre todo en cierto barrio norteafricano. No puedo hacer como que no vi nada.

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2 thoughts on “Mis mil casas

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