Gabachos malajes y otras lindezas que se me pasan por la cabeza

Mi hijo Iván es muy bueno. Ya sé que, dicho así, suena a gallina orgullosa y polluelo traumatizado, pero es que es cierto. Se porta tan bien que en el ambiente familiar se ha ganado motes tales como El niño Buda o San Iván. Por eso (y porque vivimos en Marruecos, país donde los/as niños/as son bienvenido/as en todos los eventos sociales), el otro día lo llevamos a ver un espectáculo, a pesar de que sólo tiene dos años. Se portó incluso mejor que los mayores (ahora ya sí es un poco babeo de madre). El caso es que fue impresionante ver todo aquello a través de sus ojos. Observaba con atención los detalles, muy calladito y tranquilo, en su estilo. Pero lo que más me sorprendió fue su falta de expectativas. No le dijimos nada acerca de adónde íbamos y él nunca había asistido a un lugar similar, de manera que entró en aquel sitio con la mente completamente en blanco, no había dedicado ninguna hoja de su visión preconceptual a escribir estoy en el teatro y se ve lo siguiente. Iván simplemente había entrado allí a ver qué había. Llevó hasta tal extremo su falta de previsión que para él el centro de la atención ni siquiera era el espectáculo en sí. Si había algo fuera de él que, por algún motivo, le pareciese más interesante (la cámara de fotos de una periodista que se sentó al lado nuestra, la lámpara, el jersey rojo del señor de detrás…) dejaba de mirar a los bailarines y se centraba en lo que le interesaba.
Yo quiero ser así, llegar de nuevo a la vida cada mañana, ser impermeable a lo preestablecido, sentir sólo lo que yo siento, sin que nadie me mande nada. Y el caso es que ando regular en ese aspecto, y aunque está Iván para recordármelo cada día, no consigo dejar las etiquetas del todo ¿Será que me voy a volver xenófoba a estas alturas? La he tomado sobre todo con los/as franceses/as, pobres míos/as, con la cantidad de gabachos/as que no he tenido el gusto de conocer. La cuestión es que creo que aquí llega lo peorcito de Europa de manera que más vale que me relaje. Pero es que me ponen mala, esa arrogancia en las colas de los supermercados, esos barrios donde sólo entran los blancos, ese decirme cuánto me entienden y lo de acuerdo que están conmigo sólo cuando leen en mi blog entradas críticas a Marruecos ¿Qué les pasa? ¿Por qué no aprenden el dariya? ¿Hay un gen francés que les imposibilita para el aprendizaje de lenguas en países coloniales? Ni siquiera en los casos de parejas mixtas, hablo de personas que llevan incluso 20 años aquí.

¿Qué diría Iván de todo esto si lograse entenderlo? Me estoy contaminando con los años, yo solita, con mi ira retenida, mis frustraciones y mis preconceptos. Antes de ayer perdí los estribos y creo que en realidad es esto lo que tenía ganas de contaros. Me enfadé mucho con una señora y no me he arrepentido a pesar de que me comporté fatal. El caso es que esa “dama”, si viviese en España, probablemente estaría en la cárcel porque yo la habría denunciado por maltrato a menores. Cada día que voy al orfanato tengo que presenciar como insulta y pega a los pequeños. Me enfrenté, le grité como una loca e incluso le agarré de la barbilla para obligarla a mirarme a los ojos. Ella rehuía mi mirada y decía imbecilidades tales como ya sé que es ilegal pegarle a los niños pero es que éste ha roto el mando a distancia, es sólo para meterles miedo. ¿Qué habría hecho Iván si se hubiese encontrado en mi lugar? El siempre sabe cómo hay que amar a los demás, su capacidad de estar en armonía con el medio es como un milagro. Creo que estoy envejeciendo, ya no me arrepiento de las cosas malas que hago, es más, creo que me quedé corta.

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One thought on “Gabachos malajes y otras lindezas que se me pasan por la cabeza

  1. Pues a mi me parece que al hacerte vieja, s es que así te haces vieja, te haces más humana. Ojala todos envejecieran como tú.

    Estitxu

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