Sin diques

escanear0013Mi abuela lloraba todos los días. No era un llanto salvaje ni torrencial, como el mío, era más bien como una llovizna suave que se alternaba con sonrisas, bromas, recuerdos y trabajo. Las emociones fluían en ella con total libertad, sin diques. “No llores ¿otra vez estás llorando?” Le decíamos a veces, necias, las personas que le rondábamos la vida. “Yo soy así”, respondía y seguía llorando. Al rato contaba un chiste, hacía un guiño o preguntaba que qué queríamos de comer. Esa suerte tuve yo en la infancia.

 

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