Ivanadas microscópicas

-Mamá ¿Me das un pelo, por favor?
-¿Un pelo? ¿Para qué lo quieres?
-Para “verte” el ADN.
-Ah.
Entra en escena el abuelo.
-Abueeeeeloooooo.
Abrazo, besos, achuchones.
-Estoy viendo el ADN de mamá por el microscopio que me han traído los Reyes.
-Ah, qué bien… mi niño, qué guapo y qué listo que es…pero ven para acá y dale otro beso a tu abuelo. Muá, muá, muá… -un rato más de achuchones. Él se empieza a agobiar ya de tanto amor, pero el abuelo persiste- mi niño, cojones, qué guapo es. El más guapo del colegio mi niño, que te quiero, mi vida. Oye, cuando tú tengas un hijo ¿le pondrás mi nombre? Fernando es un nombre muy bonito…
-No sé, abuelo, mejor se lo pondré al perro. Mami, hoy lo he pasado genial en la piscina, porque he jugado a que era un cephalaspis.
-… ¿Un qué?
-Un cephalaspis y el jueves voy a jugar a que soy la criatura a la que evolucionó en cephalaspis.
-Ah.

Hay veces que, como no comprendo lo qué me está diciendo, no sé si debo reñirle o felicitarle.

Ultimando fechas

Si perteneces a un colectivo de mujeres, una asociación cultural o si tienes un teatro o una sala maravillosa que quieres llenar de humor, teatro y música… ¡No lo dudes! Todavía estás a tiempo. Estamos ultimando las fechas de la próxima gira (primer trimestre 2014). Cerraremos el calendario en breve. Ponte en contacto conmigo a través de info@aliciamurillo.com si quieres que incluyamos tu ciudad en la gira.

¿Quiénes son las colaboracionistas del patriarcado?








¿Quiénes son esas mujeres que pactaron con el enemigo para acceder a determinados privilegios? ¿Quiénes son? ¿Y qué es un privilegio? ¿Qué es ser privilegiada en una sociedad como ésta? ¿Es el elegir la precariedad de forma voluntaria, un ejemplo de feminismo de pata negra? ¿Renunciar al poder y al dinero para no comerle la polla a un cincuentón, es síntoma de buena salud feminista? ¿Es bueno estar alejadas de la política institucional para así no tener que formar parte de un partido patriarcal? ¿Es más lícito, en cambio, colaborar con el patriarcado exclusivamente para dar de comer a lxs hijxs, el no hacerlo por una misma sino por los demás? ¿Por qué? ¿Los demás merecen más que nosotras? ¿O es que merecen menos? ¿Merecen más pan y menos dignidad que nosotras? No lo logro entender del todo.
Las colaboracionistas están por todas partes. Es la ministra del PP o del PSOE. Es la puta de lujo. Es la actriz, novia del director de cine. Es la vecina, que se depila las axilas para ir a una entrevista de trabajo. Eres tú y yo, las dos, mil veces al día. Porque la que esté libre de patriarcado que tire la primera píldora anticonceptiva. La Callas se casó con Meneghini, un viejo rico, y así hizo carrera. Consiguió tanto poder que las mafias italianas tuvieron que meterse de por medio para poder quitárselo.  Los caminos del Señor son infinitos.
Yo me confieso: colaboro con el patriarcado, desde hace años, desde que nací, de hecho. Al principio de forma inconsciente y ahora sabiéndolo a ciencia cierta. Por ejemplo, un día me casé, a pesar de que prometí que nunca lo haría. Quería morir soltera, siempre lo decía, hasta que un permiso de residencia en EEUU me fue ofrecido a cambio de firmar un papelito. Y lo hice, colaboré con el patriarcado casándome, en la era Bush, con un hombre. El día de la boda yo llevaba una chapa en la solapa que ponía “Como una puta pero mejor” y mi prometido otra en la que ponía “Shit happens”. La jueza me dijo que si me quería cambiar el apellido. En ese momento quise que algo le pasase (malo, se entiende, que le atropellara un camión mientras paseaba por el Downtown o algo así).  Rápida e indolora, así fue mi boda.
Por eso, llamarnos puta, en forma de insulto, está feo, pero igual de feo es pensar que estamos libres de colaboracionismo porque aquí todas estamos pringadas hasta las orejas.

Semáforos donde abortaría mucho

Semáforo de A Coruña. Imagen obtenida de la web www.acosasdetias.com

En un semáforo, en el carril de bici, parada mientras espero a que se ponga en verde. En un alarde de originalidad y fantasía, un señor se me acerca y exclama:
-¡Guapa!
Es un cincuentón que me mira sonriente dándome una gran noticia: ha puesto a examen mi cuerpo y me ha dado una buena nota. Además es tan generoso que me lo viene a contar para alegrarme el día. Lo miro, vuelvo la cara con parsimonia y sigo observando el semáforo mientras pienso en cosas que me gustaría que le pasaran a Gallardón. Pero él insiste. Creo que le parece muy raro que yo no me haya puesto contenta y, sobre todo, le parece raro que no sea agradecida y complaciente, que una sonrisa y un “gracias” no hayan cruzado mis labios.
-¿Te has asustado?- nótese el tuteo.
Un pensamiento que me dice “no me lo puedo creer” interrumpe el aquelarre de mis fantasías. Dejo a Gallardón en la pira durante unos instantes. Vuelvo a mirar al tipo, vuelvo a girar la cabeza y vuelvo a observar el semáforo que, irritablemente, tarda en cambiar.
-Digo que si te has asustado. – el señor, por lo visto, no contempla la posibilidad de que yo lo ignore porque me aburre y me ofende y solo es capaz de imaginar una posibilidad lógica examinando mi actitud: el miedo. Vale, bien, se lo ha buscado:
-Caballero, créame, tiene usted más razones para tener miedo de mí que yo de usted.
Una vez más: vuelvo la cara y sigo observando el semáforo.
-¿Por qué? Es solamente un piropo a una mujer.- nótese el adverbio “solamente” en la misma frase que los sustantivos “piropo” y “mujer”.
-…Una mujer… una mujer… una mujer – murmullo, mastico, saboreo… – usted ve una mujer y automáticamente se cree con el derecho a darle una opinión sobre su cuerpo ¿no es eso?
-Yo no te he dado mi opinión sobre tu cuerpo, solamente he dicho que eres guapa. – nótese la persistencia en el tuteo. Nótese la reaparición del adverbio “solamente”. Quiero que le pase algo. Malo, se entiende.
-Exacto, decir que soy guapa es dar una opinión sobre mi forma de ser físicamente.- me siento ridícula explicando obviedades. Quiero que desaparezca de mi vista.
Pone cara de “exagerada, necesitas un buen pollazo, eso es lo que necesitas”, pero dice:
-Ah, perdona.

El semáforo, como un camaleón feminista, adopta el más bello color que una mujer puede presenciar en una situación de acoso: el verde. Me monto en mi bicicleta y me reúno con mis compañeras. Un rebaño de maderos, armados hasta los dientes, y varios furgones nos rodean.  Cuando llego ya han pedido la documentación a algunas. Ya nadie pone el adverbio “solamente” al lado del sustantivo “mujer”. Tampoco aparece el sustantivo “piropo” ni el adjetivo “guapa”. Me pongo a gritar “¡Nosotras parimos, nosotras decidimos” delante de la sede del PP. Una vez más, vuelvo a sentirme ridícula diciendo obviedades.

Nota sobre la ilustración: Semáforo de A Coruña. Imagen obtenida de la web http://www.cosasdetias.com

Por qué ya no trabajo en teatros de hombres

Antes yo creía que deporte significaba deporte, ahora sé que significa deporte masculino. Es más, la mayoría de las veces significa fútbol masculino, pero yo, por aquel entonces, no lo sabía y cogía el periódico y me leía la sección de deportes pensando que las mujeres no salíamos porque no estábamos aportando nada interesante al deporte, así, como término genérico. Lo mismo pasa con todo: camiseta significa camiseta masculina. Todo significa la parte masculina. En mi profesión me pasó lo mismo… fue devastador.
Hace ya cerca de 20 años que me dedico a la noble profesión de subir al escenario a hacer cosas. Durante los primeros años conseguí trabajo en una compañía artística de hombres que se hacía llamar compañía artística a secas. Entré muy despistada, confundida por el nombre. Yo era la única mujer y la más joven, la que menos ganaba y la que menos derecho tenía a opinar en cuestiones legales y económicas. Yo lo atribuía todo a la casualidad, “al fin y al cabo- pensaba- se trata de una compañía artística y no a una compañía artística de hombres”. Seguí mi carrera y seguí colaborando con otras compañías de hombres de estas con el nombre cambiado. A medida que me hacía mayor me iba coscando de algunos detalles: las mujeres que trabajaban a mi lado o eran jóvenes o eran mujeres solteras y sin cargas familiares. Los hombres en cambio tenían cualquier edad y muchos de ellos eran padres de familia, incluso de dos familias. Incluso eran padres de dos familias que tenían una amante que viajaba con él en las giras. Me empezó a dar asco todo aquello porque ya, a un cierto punto, el nombre dejó de engañarme y me di cuenta de la evidencia: las compañías artísticas son compañías de hombres.
Decidí entonces hacer una compañía propia: papeleo, proceso creativo, ilusión, ensayos… y cuando voy a proponer mi proyecto me informan de que no puedo llamarlo “compañía artística” así sin más. Por lo visto mi proyecto, a todos los efectos, era una “compañía de mujeres”. Me pareció muy injusto porque, como ya hemos visto, a las compañías masculinas sí que se les concede el genérico, pero accedí con tal de tener independencia. La otra opción era pasar por la cama de un cincuentón y eso no me apetecía.
Y así empecé a buscar trabajo con mi propia compañía y conseguí hacer muchas cosas interesantes, cantar en muchos teatros finos y en festivales de esos de mucho prestigio, de los de poner en el CV.
En resumen: a los 20 me dijeron que podía seguir siendo quien era. Pero el seguir siendo quien era implicaba ser mujer, es decir, cobrar menos, no opinar y cumplir años lo más lentamente posible. A los 25 dejé de comportarme como esperaban y me convertí en uno de ellos: presentaba mis proyectos con soberbia y fingida seguridad y así me dejaban cantar en teatros finos, eso sí, sin ganar igual que ellos y con la premisa de no ser madre. A los 30 decidí que ya bastaba, y empecé a participar en la creación, a través de internet, de unas maravillosas redes de mujeres que hacemos “proyectos de mujeres”, que colaboramos, creamos, nos ayudamos y nos dejamos, unas a otras, ser nosotras mismas, sin que esto suponga ningún perjuicio dentro del curro en sí. Cuando trabajo con estas mujeres, por ejemplo, puedo expresar mis dudas. El expresar una duda en un trabajo de hombres es mostrar debilidad, inseguridad, amateurismo. En cambio, en un contexto femenino la duda es una invitación a la creación conjunta. Y todo eso es fantástico, pero la cuestión es que esta burbuja no está exenta de pagar impuestos. Pagamos, igual que ellos, pero no tenemos acceso a los espacios públicos ni privados. Porque, no nos olvidemos, al igual que ocurre con la palabra deporte, ocurre con la palabra teatro. Un teatro es un teatro de hombres o bien un teatro de hombres y mujeres que se adaptan al modelo de hombre blanco heterosexual. A un teatro de estos, por ejemplo, no puedes llamar diciendo que no vas al ensayo porque estás menstruando y nadie se imagina la posibilidad de cambiar la hora de una entrevista en la radio para que puedas ir a recoger a tu hijo al colegio. Cuando trabajo con las mujeres de la red de espacios, colectivos y proyectos de las que os hablo, todo esto es posible.
Ahora me acerco a los 40 y me empiezo a formular la siguiente pregunta: ¿Por qué para poder seguir siendo nosotras mismas tenemos que conformarnos con la precariedad de medios y recursos? Yo quiero acceder al dinero, al reconocimiento, a las primeras planas, a los teatros con buenos micrófonos y cheslong en el camerino. Quiero más, quiero todo. 

Ivanadas: respuestas que él busca, respuestas que encuentra


-¿Cómo se creó todo, mamá?
-Pues, depende de a quien preguntes te va a decir una cosa diferente.
Me mira con cara de otra vez esa respuesta no, por favor.
-Ya, pero, mamá, quiero decir, cómo se hizo el universo.
-Bueno… según la ciencia hubo una gran explosión y así se crearon los planetas y las estrellas y…
-No, no, mamá, yo no quiero saber cómo se crearon los planetas ni las estrellas, lo que yo quiero saber es cómo se creó “lo negro”, lo que vemos negro cuando miramos el universo.
-Estoooo… no sé si te estoy entendiendo bien, Iván.
-Verás, lo que yo quiero saber… lo que quiero que me digas… uf, es que no sé cómo explicarlo.
Se le saltan las lágrimas así que me doy cuenta de que estamos en uno de “esos momentos”. Lo abrazo, le doy muchos besos…
-Verás, Iván, hay veces en la vida en las que tenemos una intuición muy grande y no sabemos ponerle un nombre, no encontramos una palabra. Pero eso no significa que esa cosa no exista, es solo que no sabemos nombrarla.
-¿Pero cómo se creó todo, mamá? – insiste (¿alguien lo dudaba?).
-Hijo, no lo sé…
-¡Pues búscalo en Google!
-Iván, eso no sale en Google.
-Pues yo lo voy a poner – y lo pone: se acerca al ordenador, mira muy fijo el teclado y sacando la lengua por la comisura izquierda se concentra y empieza a escribir la frase: “La primera creación del universo” pero cuando va por la mitad Google le ofrece “La primera creación de Dios”.
-¡Mamá mira!

El resto de la tarde la pasamos viendo un documental de astronomía y comiendo bocadillos de mermelada. Sobre las 19 h. me dijo que ya tenía “tres hipótesis sobre el tema de la antimateria”.