Mi abuela fue una esclava de la Iglesia Católica

 Manos de mi abuela Herminia. Foto: Alicia Murillo

Un día se escapó de casa. Una noche, para ser más exactas. Unas horas antes del amanecer se deslizó de la cama sin hacer ruido y huyó de las palizas de su madre adoptiva, que era además su hermana biológica. Tragedias de esas de todas las familias, de todas las mujeres, de esas que de tan trágicas ya ni se nombran. Son tragedias menores, tragedias femeninas, nada que ver con las postguerras masculinas, tan importantes que dan nombre a las calles y a las plazas.


Su madre de verdad murió pariendo, ya si eso os cuento otro día esa otra tragedia. El caso es que mi abuela tenía 12 años de palos en las espaldas y le dijo a su noviete que la esperara en la esquina, que esa era la noche. El muchacho, que era bueno, la acompañó hasta la puerta del convento y allí se despidieron. Mi abuela cruzó la puerta y volvió a salir siete años después. Pasó su adolescencia recluida en ese internado para niñas, donde trabajó como bordadora de hilo blanco, a cambio de comida y techo. Nunca recibió una peseta por su trabajo y, a pesar de su minoría de edad, nadie le enseñó a leer ni a escribir. Le cambiaron el nombre y le prohibieron hacer cualquier referencia verbal a su vida anterior. Raras veces le permitían recibir visitas. Me contó que, una vez al año, todos los jueves santos se escogían a 12 niñas, a las que habían sido más obedientes, y se les permitía salir a la calle a ver procesiones de Semana Santa acompañadas por una monja. Por lo demás no había excepciones, la reclusión era total.

Había dos tipos de alumnas: las ricas y las pobres. La diferencia básicamente consistía en que las ricas pagaban por estar allí con dinero y las pobres con trabajo. Vestían uniformes diferentes y comían en mesas separadas.

Eran las propias niñas las que se ocupaban de la limpieza y mantenimiento de la escuela: fregaban, limpiaban, cocinaban, lavaban la ropa, planchaban etc. Además de eso cada una trabajaba en el taller que le hubiese sido asignado. El convento vendía costosos bordados en oro, bordados en hilo blanco y era además famoso su delicioso chocolate, elaborado por las inocentes manos de centenares de niñas que perdieron su infancia y adolescencia trabajando en una situación de esclavitud permitida y legalizada por el régimen franquista.

De pequeña ella me enseñaba a bordar y mientras yo la acribillaba a preguntas sobre su vida. Poco a poco, con el paso de los años, fui haciéndome de todo un catálogo de anécdotas impresionantes, como la de aquel día en que mi abuela se asomó al cristal de una ventana y se pasó la manita por la cabeza, para peinarse. Una monja la vio y mandó inmediatamente que la raparan, por vanidosa. Y así muchas más.

Aunque mi abuela entró en el convento por propia voluntad (para huir de una situación de maltrato infantil, recuerdo), pasado un tiempo quiso salir de allí pero le fue denegado el permiso. Es decir, mi abuela fue literalmente secuestrada y solamente se le volvió a permitir la salida a las 19 años, cuando murió su padre, para que siguiese su labor de esclava del patriarcado fuera del convento, haciéndose cargo de dos sus hermanillos menores.

Mi bisabuelo siempre se opuso a que mi abuela estuviese allí. Cuando ella se escapó de casa tardaron varios días en dar con su paradero. Siempre me contaba como su padre la abrazó, en la sala del convento donde se vieron tras encontrarla, susurrándole entre sollozos: hija mía, me has matado. En las historias de la vida de mi abuela siempre había cosas que yo no entendía, eran cosas de autoridades, de jerarquías, de costumbres. En mi mundo, nadie más que mi padre o mi madre podía decidir sobre donde estar escolarizada, por ejemplo. Solo con el paso de los años he entendido la desesperación de mi bisabuelo que vio como la institución religiosa más poderosa del país le arrebataba a su hija sin que él pudiese hacer nada.

Pero lo más triste de esta historia ha sido para mí la manera en la que mi abuela me lo contó. Ella nunca fue consciente su explotación, estaba agradecida con las monjas y cuando yo me enfadaba y le decía cosas como “¡Pero abuela, te dejaron analfabeta, te encerraron!” ella me contestaba “Pero al menos comía todos los días”. El trabajo de esas monjas fue redondo.

La educación hoy y el miedo a las palabras



Y llegó el buenrollismo didáctico, la “educación” como palabra comodín que todo lo puede, la mal entendida educación libre. Según escucho y leo se está generalizando la idea de que “educar” es la solución a todos los problemas de la humanidad. Eduquemos de forma libre, eduquemos a la sociedad, a lxs niñxs, a la audiencia televisiva, a lxs votantes, eduquemos a mi abuela. Eduquemos a los maltratadores, a los acosadores, a los asesinos en serie, a los violadores. Educar. Decimos “educar” y ya todo el mundo dice eso de “exacto, eso es lo que yo quería decir, ya estamos de acuerdo”. Lo odio, odio la corrupción de las palabras, odio que un término se vuelva políticamente correcto, que pierda lo subversivo de su origen. Todas las palabras son subversivas en potencia pero muy pocas lo son en la práctica hablada.

El proceso educativo no es algo que ocurra sin más. Se trata, en realidad, de un suceso maravilloso que parte siempre del centro de nuestras emociones, de las ganas. Si no hay ganas no hay proceso educativo que valga y, por favor, que nadie me venga a hablar del “motivar” la otra palabreja corrupta por el uso que se sirve en el mismo plato de fast food que “educar”, “libertad” y “creatividad”.

Las palabras y las expresiones son peligrosas si unas se usan y otras se rechazan por sistema. Ya no podemos decir “límites” cuando hablamos de educación. En la misma frase no puedes poner la palabra “educar” y “dureza”. No se puede porque no lo pone en el libro de la Montessori o de Kodaly. Si no lo pone en el libro no se dice. Pues, queridxs todxs, si pretendemos educar sin dureza y límites a las nuevas generaciones vamos mal.

Mi hijo nunca “me ha pillado” follando y eso es porque en mi casa nunca cerramos la puerta cuando se hace sexo, aunque en la cama, David y yo, tengamos invitadxs. No “me pilla” porque no me escondo. Ahora bien, soy consumidora de postporno y, creedme, censuraré una y mil veces a mi hijo los vídeos en los que salen cosas como un señor poniéndole un gancho en el ojo a otro en busca de placer, aunque los dos se estén corriendo de gusto ¿No queréis llamarlo “censura”?¿Os da miedo la palabreja? A mí no, ni me da miedo nombrarla ni me da miedo usarla de forma práctica: yo censuro lo que mi hijo ve, pongo límites a la realización de sus deseos y, cada día, intento que aprenda que la vida es dura y que debe “esforzarse”. Y ya van saliendo más palabras prohibidas en la educación del buenrollismo: “esfuerzo”, “dureza”. Soy muy dura con mi hijo y lo hago porque le exijo cada día que él lo sea conmigo, de hecho no me deja pasar ni una y hace muy bien porque yo a él tampoco. No hago realidad todos sus deseos, le pongo “límites”, no le compro todo lo que me pide, no le dedico todo el tiempo que me reclama, no soy suya, ni él es mío, por eso “limitamos” nuestra entrega.

Cada día me asaltan mil dudas acerca de cómo educar a Iván. No he vivido una experiencia más desconcertante que ésta en toda mi vida. Este artículo no pretende dar verdades absolutas porque no las tengo, pretendo solo decir eso precisamente, que nadie las tiene, ni la Montessori o cualquier otrx pedagogx siquiera.

Qué postmoderna soy, me acabo de dar cuenta de que estoy criticando la educación libre.

¿Final de las vacaciones?

La crianza siempre ha sido comunitaria en nuestro país, las mujeres cuidaban de lxs hijxs de otras mujeres, las abuelas vivían en la misma casa que lxs nietxs y colaboraban mucho más activamente en los cuidados, los años de infancia eran años de jugar horas y horas en la calle con libertad e independencia… pero ahora lxs niñxs no pueden salir solxs a la calle y ya nadie se ocupa de hijxs ajenos. La escuela ha suplantado la crianza comunitaria. Este cambio no es forzosamente algo malo, en muchas culturas la escuela ha sido y es el primer hogar, la primera institución social. El problema es que nuestro sistema educativo no acoge, sino que recoge, no educa, sino que adiestra, no responsabiliza, sino que culpa y cambia respeto por disciplina.

Durante estas Navidades, una vez más, he experimentado la dureza que representa tener a mi hijo en casa toda la jornada. Las tareas se solapan unas a otras. Si tengo que hacerle la cena y poner la lavadora no puedo jugar con él y mostrarle cariño. El martes empieza de nuevo el colegio, hace días que hace su tierna y cruel cuenta atrás, faltan cuatro días, mami, tres, dos…

“Llevar al colegio al lxs hijxs es entregárselos al Estado”, dice Bárbara. Y es verdad, porque nadie nos ayuda en la crianza, solo nos roban a lxs hijxs para amaestrarlos. Yo hoy estoy muerta de cansancio, por un lado deseando que acaben las vacaciones para poder descansar, y por otro con el alma en vilo por las horas de tedio y tristeza que aguardan a mi niño en su j-aula.

Violencia entre lesbianas



Si hay dos temas tabú en el feminismo, esos son la violación como fantasía sexual y la violencia entre lesbianas. Si os interesa el primero os recomiendo fervientemente Teoría King Kong de V. Despentes. Aparte de ese libro, no conozco otro texto que lo aborde de manera tan profunda y honesta, así que os agradecería que me mandaseis bibliografía al respecto si conocéis.

¿Por qué casi ninguna feminista habla de estos dos asuntos? ¿Por qué casi nunca se trabajan desde los colectivos? ¿Por qué, en el caso de la violencia entre lesbianas, no exigimos a los gobiernos leyes que nos protejan? Desde mi punto de vista es muy difícil para un colectivo de mujeres, o para una mujer a nivel individual, reconocer este tipo de violencia. Las diferentes instituciones, con mayor o menor acierto, lanzan continuamente campañas de sensibilización sobre la violencia de los hombres contra las mujeres. Existe ya un imaginario social acerca del tema pero la violencia lésbica, como cualquier otro asunto lésbico, permanece escondida, ignorada, camuflada. Por otro lado, el feminismo tiene aún una gran losa que superar: la de la justificación de sus movimientos ante la sociedad patriarcal. A menudo encuentro mujeres que tienen miedo de etiquetar sus proyectos, asociaciones, colectivos, etc. como “feministas” porque dicen que el término tiene muy mala prensa y que predispone a la marginación. Muchas feministas aún sienten la necesidad de justificarse delante del patriarcado, de seguir ejerciendo su labor de “educadoras”, de “madres” de una sociedad a la que pretenden cambiar teniendo “mano izquierda”. La realidad es que ese tipo de actitudes solo nos llevará a perpetuar la situación de injusticia. “La libertad se aprende ejerciéndola” dijo Clara Campoamor, y esa es una de las bases para mí del buen feminismo, por eso, si queremos conquistar la igualdad, tenemos que empezar por dejar de dar explicaciones a quien no las merece, porque dándoselas estamos otorgándole el mismo poder que pretendemos quitarle. Abordar abiertamente el tema de la violencia entre lesbianas, sin tener miedo a que el feminismo quede desvirtuado, es algo que muy pocas feministas se atreven a hacer. Normalmente es uno de esos temas que los colectivos no están interesados en tratar, los que quedan siempre en el tintero, los antipáticos, los políticamente incorrectos. Pero la violencia entre lesbianas existe.

Otra razón por la que se tiende a  no visibilizar este problema es el miedo de las mujeres a perder la protección de la manada. La sororidad es la base del feminismo: “todas a una contra el patriarcado”, “si tocas a una nos tocas a toda”, etc. El sentimiento de unión en un grupo de mujeres es tan fuerte que acusar a alguna de ellas de algo talmente grave como una violencia de este tipo puede llevarte a ser automáticamente marginada si no puedes probar fehacientemente dicha violencia.

La interiorización de los valores del amor romántico no es un problema exclusivo de las parejas heterosexuales. Es más, yo diría que se acentúa muchísimo en las parejas de lesbianas. Esto también dificulta el reconocimiento de la violencia como tal. La víctima de violencia entre lesbianas reproduce el canon, ya conocido por todxs, de mujer maltratada: justifica la actitud de su pareja con frases del tipo “fue el alcohol, si no bebe no hace esas cosas, en el fondo es buena persona”, “eso no es violencia, es normal que las parejas tengan problemas pasionales”, etc. Si la víctima en cambio es capaza de reconocer la agresión nos encontramos con un segundo problema: el miedo a denunciarla públicamente. En este caso las razones son “la agresión se cometió en la intimidad ¿Cómo voy a demostrarlo?” o bien la absoluta certeza de que las instituciones no están preparadas para ayudarla, de hecho ¿Entendería un policía una denuncia de este tipo? Si aún hoy las denuncias de violencia de género en parejas heterosexuales encuentran barreras legales y policiales de todo tipo ¿Cómo no esperar dicha incomprensión y falta de preparación para abordar el problema en una agresión lésbica?

La autodefensa a menudo se convierte, paradójicamente, en una traba para la víctima. Una vez más se perpetúan los valores del patriarcado y llega la frase “yo me defendí luego me puse a su altura, también yo soy una maltratadora”. El reconocimiento de la agresividad como valor legítimo dentro de nosotras mismas supone un largo y complicado viaje que no todas las mujeres están dispuestas a recorrer.

La reacción de los grupos de mujeres (feministas o no) tampoco suele distar mucho de la reacción de la sociedad ante las violencias de hombres a mujeres: se suele negar la agresión y a la vez se cuestiona la denuncia y la reacción, no se entiende el porqué de la denuncia que parece estar hecha solo para crear  malestar y destrucción del grupo en sí, etc. Aunque debo decir que, afortunadamente también ocurren finales felices donde el colectivo hace vacío a la agresora y esta no tiene más remedio que retirarse. En cualquier caso este tipo de violencias suele resolverse, para bien o para mal, sin intervención alguna de las instituciones. Creo que esto ocurre porque las mujeres seguimos prefiriendo el mundo privado al público porque sabemos que lo público es aún un terreno masculino. Personalmente he tenido la desgracia de presenciar esto ya en dos grupos y mi experiencia ha sido que todo es más fácil de resolver si es la propia víctima la que denuncia la agresión en lugar de ser terceras personas.

Por último me gustaría hablar de la figura de la agresora porque el objetivo de este artículo es el de que las lesbianas maltratadas puedan reconocer su situación. Quisiera crear un modesto y breve imaginario que las mujeres en este tipo de situación puedan usar como forma de autodefensa. Así pues, la lesbiana maltratadora, según mi experiencia, puede haber sido a su vez víctima de una situación de maltrato en una anterior relación heterosexual. Es muy difícil reconocerla como agresora dentro de la pareja porque, al contrario de lo que ocurre en el modelo masculino de maltratador, la lesbiana no tiene una doble cara y más bien juega la baza de la auto-victimización. Los modelos femeninos aprendidos constituyen la base de este juego macabro donde la maltratadora juega a ser la persona maltratada, sobre todo en los casos de violencia psicológica. Otro rasgo que he observado es el hecho de que en el colectivo suele reproducir las mismas actitudes que dentro de la pareja: se victimiza, actúa con prepotencia, asume el mando de forma autoritaria, falta continuamente a los acuerdos establecidos por el grupo, impone sus propios asuntos en las conversaciones para adquirir protagonismo, etc.

También es importantísimo que los colectivos feministas y de lesbianas sean capaces de reconocer estas situaciones. No puede dejar de sorprenderme el ver a grupos de mujeres que tienen clarísima la teoría del destructivo amor romántico, del empoderamiento, de la autodefensa como única salida, que luchan cada día de forma sincera contra el terrorismo machista y que, en cambio, ante la situación de autodefensa y denuncia de violencia lésbica, responden con frases del tipo: “Esa mujer a la que acusas no es un macho, es una compañera que no merece ese trato que le estás dando” como si los genitales y la condición de ciudadana de segunda le librase de su responsabilidades.

Nota: Este artículo es uno de los que más dificil me ha resultado escribir por diversos motivos. La falta de bibliografía al respecto, el que el tema resulte de por sí un tabú, el que entren en juego emociones personales muy fuertes, etc. lo hacen un artículo lleno de errores y contradicciones. Pero siento que necesitamos hablar de esto, aunque sea desde el error, desde el dar palos de ciego. Os animo a que entre todxs intentemos encontrar una base mínima a la que poder agarrarnos. Debatamos, creemos, compartamos. Corregidme todo lo que os dé la gana.

Enlaces de interés:

Los ejércitos no existen


Permanecer a un paso a distancia de quien sufrió por mi privilegio, aunque jamás yo pedí ese privilegio, aunque me esforcé cada día en que mi vida no fuese mejor gracias a él, aunque no lo acepté cada vez que me lo ofrecieron. Da igual, lo tuve, tuve la opción de elegir y otrxs no. Por eso, siempre, a un paso de distancia entre quien sufrió a causa de mi privilegio. Aceptar que el abrazo nunca se cerrará, que los brazos no deben ni si quiera abrirse. Conformarme con sentir que la vida nos la dieron ya rota y que al pegar los trozos nada volverá a ser como al principio, aquel día en el que no hubo privilegios. Si es que ese día existió. Ese es el único respeto que entiendo.

Aceptar la paradoja de luchar sabiendo que nuestras almas estarán siempre separadas. Aceptar que estamos solxs, porque los privilegios nos separaron para siempre.

Permanecer a un paso de distancia de quien lucha a mi lado, aunque sea imprescindible luchar juntxs, aunque un día pedí compañía en la batalla, aunque me esforcé siempre en darle un sentido de unidad a nuestro ejército. Da igual, no existen los ejércitos, no existen. Aceptar que el abrazo nunca se cerrará, que los brazos no deben ni si quiera abrirse. Conformarme con sentir que la vida nos la dieron ya rota y que al pegar los trozos nada volverá a ser como al principio, aquel día en el que hubo ejércitos. Si es que ese día existió. Ese es el único respeto que entiendo.

Las feministas, esas que necesitan un pollazo


Taller de Maria Llopis + Go Fist Foundation 
en Feminismos Porno Punk,organizado por Beatriz Preciado en Arteleku
Desde que, hace unos días, empezó la promoción de mi taller “El Cazador cazado”, se ha avivado la llama de la misoginia en los foros machinazis del país. De nuevo empiezo a recibir amenazas, insultos, y demás vejaciones, eso sí, siempre de manera anónima. Escribir nombre y apellido bajo las líneas de expresión patriarcal parece ser una incapacidad congénita del personal (no haría falta ni registrarse en Blogger, chicos, basta escribir vuestro nombre completo al final de la amenaza, no hay excusa).

 

Por supuesto que, en general, la explicación que estas personas dan a mi militancia política es la de que necesito sexo con un macho de verdad. Expresiones del tipo “esta lo que necesita es un buen pollazo”, “si le meto la picha en la boca dejaría de hablar y así estaría más tranquila”  y otras lindezas se suceden en foros y mensajes personales que yo me cuido bien en no publicar porque opino que ya tienen bastante con las webs de las que son dueños y señores para ir a soltar mierda como para que puedan venir encima a las de las feministas a lo mismo. Tampoco publico los que “desde el respeto” niegan la discriminación sexista (¿Es posible negar el machismo y hablar desde el respeto? ¿Es posible decirle a un/a judíx que no existió el Holocausto y decírselo “desde el respeto”?).

En general casi nadie sabe lo que significa feminismo, por eso nos agreden a las feministas, porque no se han tomado la molestia de leer un puto libro sobre el tema y opinar es gratis. Tampoco observan con detenimiento. Nos llaman bolleras, estrechas, reprimidas, etc. pero nunca han asistido a una de nuestras fiestas donde el sexo, al final, no suele catalogarse y eso es muy divertido (lo sabe quien lo ha probado).

Y es que a pesar de lo que la gente cree, el sexo entre personas feministas es bastante abundante y juguetón. Personalmente lo de bollera lo asumo como condición política pero la verdad es que me tiro lo que se me ponga por delante, independientemente de su género. En mis ambientes tampoco suele ser un problema el número y, mucho me temo, que los señores foreronazis de los que hablamos solo pueden acceder a orgías como las nuestras previo pago de prostitutas, lo cual está muy bien, pero sale más caro.

Me gustan mucho los hombres feministas. Hay muy poquitos, por eso son grandes folladores, porque están muy rifados, no tienen ninguna competencia. Son una especie de bocato di cardinale. Eso me pone mucho. Que estos tíos que militan en nuestros movimientos, que renuncian a sus privilegios de hombres en la vida privada y, en la medida que les es posible, en la pública también, me ponen… me ponen mucho. Y no soy la única a la que le ocurre y me da mucha pena no poder dar ejemplos de nombres de señores feministas por este medio. Ellos son los que disfrutan de camas redondas con tres o cuatro mujeres, sueño imposible de machirulo… y lo disfrutan gratis y desde la igualdad.

En nuestras prácticas sexuales, en esas prácticas que los machicacas denominan “reprimidas”, hay de todo: sado, orgías, porno do it yourself, travestismo… los tríos ya casi nos aburren de frecuentes que son y la monogamia hace mucho que nos la venimos saltando a la torera. El hecho de que el género sea algo que ignoramos nos hace libres en la cama.

Por todo ello entenderéis que me haga sonreír más que ofenderme, el que un señor cuya vida sexual se basa en matarse a pajas viendo petardas.com, me llame reprimida.

En resumen, si quieres follar rico, búscate una amante feminista.

Mensajes que alimentan

Cosas como esta son las que me hacen seguir adelante. Gracias Ichi por compartir tu experiencia conmigo. Este es el mensaje que recibí ayer a través de Facebook:
«Hola Alicia, soy Ichi, amiga de tu hermana de la facul, nos hemos visto en varias ocasiones, bueno supongo y espero que te acuerdes de mi. Mira te escribo xq quiero decirte q sigo las cosas q haces y la lucha contra esos hombres machistas que dan su opinión a mujeres que las incomodan, en concreto. Y me refiero a esto xq me ha pasado algo así hoy. Estando en el tranvía un tipo le ha dicho a una muchacha «que guapa eres hija» común tonito tanto asqueroso y mirándola de arriba abajo y ella se ha quedado cortada y no sabia a donde mirar. Entonces yo he mirado al tipo y me ha dicho «no a ti no es» (no m lo ha dicho con desprecio sino con disculpa xq yo iba con mi marido claro y contra eso ya la cosa no esta tan clara). Bueno pues no se como me ha salido y es la primera vez q lo hago y sin pensarlo, supongo que x haber visto tu trabajo, q le he contestado «no si ya lo sé, xo vamos q no creo q ella te haya pedido tu opinión». Tomaaaaa!!!! El nota no sabia donde meterse ya le ha pedido perdón a la chavala. Y la muchacha me ha dado las gracias x lo q he hecho xq se ha sentido segura ya q le había resultado muy incomodo. Además de decirme q lo que yo he hecho es muy raro encontrarlo en las personas hoy en día. Yo le he pedido disculpas xq me estaba metiendo a lo mejor donde no m importa, xo como la he visto incomoda, sin contestar, x eso lo he hecho. Es la primera vez q lo hago y me he puesto nerviosa después, xo me siento muy bien, xq además la muchacha me ha dicho que ese gesto le ha dado fuerzas a ella. Todo esto tiene mas repercusión de la que me creía, xq no solo la he «defendido» (no se se es la palabra correcta) sino q ella ahora será mas fuerte y se lo dirá a sus amigas y tb las ayudara. Además había dos chichas jóvenes sentadas detrás mía y han soltado «ostías» , lo q tb influirá en ellas de alguna manera y tb lo contaran y la gent q están allí tb. Espero q poco a poco se vaya avanzando y no quedemos mujeres inseguras y con miedos y q todos (xq x supuesto nadie mas ha dicho nada) tomemos conciencia y actuemos. Bueno un beso y abrazo y aunq sea un poco largo esto, necesitaba contártelo. Gracias.»

A propósito del Día internacional contra la violencia hacia la mujer



El terrorismo machista es fruto de la frustración del macho ante la valentía de las mujeres. Es el miedo a que el poder de la subyugada emerja y haga evidente la flaqueza y la estupidez del que somete. Todo el mundo lo sabe y por eso me preguntan ¿no te da miedo grabar esos vídeos?.

No.

Basta el impulso. Todo está dentro de nosotras, todo: el valor, la decisión de defendernos o bajar la cabeza, la alegría, la rabia, todo. Todo está dentro de nosotras.Subamos los peldaños de dos en dos. Yo subo el de emerger y también el de no dar tiempo si quiera a que el papanatas que tengo enfrente sea capaz de usar el medio cerebro que tiene. 

El terrorismo machista es fruto de la frustración del macho ante la valentía de las mujeres. Pero la autodefensa feminista es la aniquilación sistémica de cualquier intento del macho de materializar su miedo en forma de agresión.

Conclusiones sobre el taller “Ahuyéntanos este furor”, impartido esta semana en La Laguna


Lo vivido estos últimos cuatro días en Tenerife ha sido algo verdaderamente espectacular.  Sé que el arte es subversivo por definición pero hay procesos creativos y obras que lo son especialmente.
¿Id y predicar? Vale, pues eso es lo que Bárbara y yo hacemos. Llegamos a esta isla y abrimos las cajas de pandora de 11 mujeres impresionantes. En estos cuatro días hemos llorado, reído, creado y escupido juntas. Hemos cambiado por dentro y hemos cambiado nuestro entorno.
He vivido los trances del taller desde fuera por primera vez. Me sentía como una especie de cuidadora, una matrona que recogía los bebés que estas nuevas brujas iban pariendo. Algunas salían destrozadas, otras más lúcidas, otras asustadas del propio poder recién descubierto. Otras abandonaron el proceso. Y yo sentía el deber de recogerlas a todas en las diferentes caídas, al salir. Las abrazaba, todo está bien, es normal…